27 de abril de 2008

CRÍMENES EJEMPLARES: The Other (1972)


El Otro

USA

Dirección: Robert Mulligan

Guión: Thomas Tryon (basado en su novela homónima)











Holland: Who ARE you?
Niles: Me? I'm me. Niles Perry!
Holland: Are you? Are you sure?


Bueno, al final no he tardado tanto en sacar a pasear por este blog alguno de mis crímenes favoritos, y para empezar creo que la película elegida cumple todas los requisitos (aunque no esté entre las que se incluyen en la difícil selección de Mi Perfil) para definir perfectamente las filias de este Guardián e identificar cuál es el material que perturba nuestros sueños, aquí en el Ático.

Como doble carambola, además comenzamos con un director demasiadas veces considerado un simple artesano (que de simple, por supuesto, no hay nada en la buena artesanía), pero que cualquiera que se acerque con un poco de vista a su filmografía en seguida calificaría de AUTOR con mayúsculas, y que además cuenta con una serie de temas que le atraen especialmente y con una mirada claramente personalizada. Quizás el mayor problema con el que se ha encontrado tradicionalmente Robert Mulligan a la hora de ver reconocido su talento y visión únicos, venga dado por el hecho de que sus mayores éxitos son adaptaciones de novelas que ya habían sido muy bien valoradas literariamente, y que su estilo narrativo, de una manera muy Fordiana, pasa por ser silencioso, profundo y casi invisible, pero enormemente poderoso, e incluso, con un poco de vista, también reconocible.



Aunque en su filmografía aún no me haya encontrado con ninguna mala película (no quiero decir con ello que no pueda tenerlas) y en general todos sus trabajos sean de visión recomendada, hay un trío de películas (muy íntimamente ligadas) que brillan con luz propia y que han encontrado su hueco en la historia del cine. Una sería Matar un Ruiseñor (1962) (que ocupa uno de los lugares más altos entre las películas de mi vida), la otra Verano del 42 (1971) y por último esta misma El Otro.



Las tres, aunque cuenten historias diferentes, e incluso el género al que se adscriben varíe también, tienen un fuerte nexo en común: su mirada hacia el universo de la infancia (y la juventud) con un fuerte sentimiento de nostalgia y de tiempo dorado, que para bien o para mal nunca volverá. Si bien, la película en que este tono nostálgico es más evidente seria Verano del 42, realizada solo un año antes que la que hoy nos ocupa, también Matar un Ruiseñor contiene una dosis muy generosa de éste, aunque combinado, en una mezcla perfecta y explosiva, con el concepto de educación (tanto en la familia como a un nivel social), el de la justicia, e incluso las dificultades para diferenciar entre el bien y el mal.



En El Otro, aunque podríamos hablar sin cortapisas de que nos encontramos ante una clara película de terror, no por ello su perfecto ojo para retratar la infancia en todas sus vertientes y la fuerte carga nostalgia de su mirada, dejan de estar presentes. De hecho lo que hace de esta cinta una experiencia única y difícilmente repetible, es el perfecto equilibrio entre el bucolismo nostálgico del contexto dónde suceden los acontecimientos (y especialmente de cómo nos los quiere retratar su director) y la propia naturaleza retorcida y tremendamente perturbadora de estos últimos.



Sin entrar demasiado en su argumento, por si algún lector aún no le ha echado el diente (no sé a qué esperan), aunque es difícil evitar que se puedan colar algunos SPOILERS (advertidos quedan), nos encontramos ante lo que casi podría ser una perversión premeditada de un modelo de película familiar, que compañías como la Disney llevaban explotando con éxito desde los años 50 (en títulos de imagen real como Los Robinsones de los mares del Sur (1960), Fiel amigo (1957), etc., y que ya con La montaña embrujada (1975) empezaban a tomar otro cariz). Mulligan nos enseña que dentro de estas familias sanas e idílicas también se pueden ocultar los más oscuros secretos y los mayores terrores.

Adelantándose más de una década a las incursiones de David Lynch en el tema, aquí ya encontramos buena parte de los elementos característicos de ese tipo de perversión del género de la Americana. Como si de un cuadro de Edgar Hooper se tratara, desde el primer momento las luminosas, veraniegas y felices imágenes del film, transmiten con enorme facilidad un secreto escondido, un lado oculto, algo que escapa a nuestra mirada. Si bien el misterio del film es fácilmente descifrable desde su mismo arranque (y más cuando el juego que se lleva a cabo en esta cinta ha sido imitado en muchas cintas posteriores), en realidad resulta mucho más perturbador conocerlo de antemano, pues como espectadores privilegiados, que sabemos lo que está sucediendo (¿o quizás solo lo creemos conocer?) podemos prestar mayor atención al proceso de desarrollo de este mismo misterio y a tratar de ahondar más en sus causas.



Aquí va siendo hora de hablar ya del coautor de la cinta, su guionista y también autor de la novela en que se basa la película, Thomas Tryon, que también creó la historia que dio pie a una de las películas más trágicas y desconsoladas de Billy Wilder, Fedora (1978), con la que esta cinta que hoy analizamos mantiene fuertes conexiones. Y es que, en el fondo, la mirada que se proyecta en ambas películas sobre sus protagonistas y sobre sus tormentas internas está muy hermanada en su carga de tristeza y desconsuelo.

También, como algo cercano a la magia o al menos a la intervención de un tipo de don sobrenatural, el llamado Gran Juego tiene una importancia especial en la compleja ecuación del filme; no solo para explicarnos el porqué de lo que le sucede al protagonista, sino que sirve también como símbolo para entroncar más la historia con el cuento fantástico, con un sentimiento indefinido de duermevela que está presente durante todo el metraje. La escena en la que el niño protagonista acude a un espectáculo de magia es bastante definitoria de esa sensación, sirviendo la secuencia no solo para explicar narrativamente la utilidad y el método de funcionamiento de su don, sino también para remarcar el aspecto perturbador de todo el film en la mirada de ese niño, en el rostro casi enajenado de ese mago y en la función de coro ignorante (incapaz de entrar en el juego) que tiene el público allí presente. Aquí se concentran gran parte de las claves que le dan a esta película su tono tan personal.



Repleta de momentos inolvidables, desde la primera vez que vemos que su abuela (personaje imprescindible de la trama y en cierta manera la auténtica culpable de todos los acontecimientos que se suceden) le ayuda a llevar a cabo el Gran Juego con un ave, hasta sus mismos planos finales; tiene no obstante dos momentos en los que se concentran toda la grandeza y misterio del film y en los que todas las complejidades psicológicas que se mueven en el subsuelo emergen más claramente a la luz para ser contempladas por el espectador. El primero, no por su sencillez y obviedad deja de ser el momento probablemente más importante. Aquel en el cual su director nos hace confrontarnos cara a cara con algo que teníamos asumido durante todo el metraje, pero a lo que solo habíamos dado forma intelectual, no física.

Me estoy refiriendo, por supuesto, a la secuencia de la conversación nocturna en el salón entre los dos hermanos, en la que de manera sencilla y tranquila, y habiendo estudiado muy bien su emplazamiento en la película, Mulligan nos enfrenta con la dualidad de sentimientos que su protagonista nos transmite y nos hace ser conscientes de que conocer que una persona ha matado a varios individuos no es lo mismo que verla matar, aunque sea a uno solo de ellos; igual que aquí comprender la perturbación psicológica que se esconde tras el dulce rostro del protagonista, no es lo mismo que verla tomar forma de manera clara y directa delante de nuestros ojos. Lo que se nos ha escamoteado visualmente durante todo el metraje, aquí se nos muestra, y a partir de ese momento nada volverá a ser lo mismo.



El otro gran momento, y al que corresponden los diálogos con que arranca este análisis, introduce, en uno de los momentos más álgidos de la conclusión del film, un nuevo elemento perturbador, quizás el mayor de toda la cinta, que se adentra en uno de los grandes terrores del ser humano: la perdida de la identidad o las dudas sobre ella. Si bien el momento puede entenderse como una pista falsa, una sorpresa final que no se sostiene con los elementos del relato que tenemos sobre la mesa hasta ese momento, su sentido final, más psicológico que real, puede ser aún más terrorífico que su traducción más literal, y es similar a la situación en la que encontrábamos a Norman Bates al final de Psicosis (1960).



La película, en realidad, está llena de grandes momentos, y lo mejor que se puede decir de ella es que es en el viaje, en la experiencia de su visionado, dónde se haya la mayor de sus fuerzas (a esto ayuda, y no poco, la gran banda sonora de Jerry Goldsmith). Copiada en múltiples ocasiones, y con claras conexiones con otras miradas complejas y polémicas sobre la infancia, como las películas Suspense (1961) o ¿Quién puede matar a un niño? (1976), conserva no obstante su particular fuerza y características diferenciadoras, su perfil más claro de terror psicológico y un inolvidable choque entre sus imágenes bellas y placidas y la oscuridad y los pecados que se esconden en el interior.





Las Claves del Caso


Pericia Criminal: todo. Estamos ante una muestra de talento, personalidad y ambición que consigue alcanzar con nota todas las metas que se propone. Como recopilación de lo que ya he nombrado más arriba, enumeraré el ambiente mágico que recorre todo el film gracias a su extraordinaria realización, su apabullante reparto perfectamente dirigido (con especial mención a la interpretación de la pareja de niños protagonista), la banda sonora del maestro Jerry Goldsmith, y algunas secuencias antológicas, como la primera en que vemos a Niles ejecutar el Gran Juego con un ave, la conversación nocturna con su hermano en el salón o el momento del final al que pertenecen los diálogos que encabezan esta entrada.




Bajos instintos: por la naturaleza de la historia no tenemos ninguno de los que gustamos en esta morada, pero la película ya va bien servida de perversiones.




Pistas Delatoras: es difícil (al menos para mí) encontrarle pegas a esta película. La única que se me viene a la cabeza es que, por la riqueza de situaciones de su trama, algunas no alcanzan toda la extensión que este Guardián desearía, y, aunque desconozco si en la novela original hay más material que se ha recortado, podrían haberse extendido un poco más, ampliando así la experiencia del visionado del film.




9 Pisos y media escalera

4 comentarios:

Dantino dijo...

muy interesante el analisis
de "the other"
una gran pelicula del terror

lastima que nos dejara mulligan

saludos

El Guardián dijo...

Sí. aunque hacía casa dos décadas que no dirigía. Fue uno de los grandes menos reconocidos.

Gracias por tu comentario. Saludos!

Anónimo dijo...

Les aviso que esta joya de los años 70's ya fue restaurada y remasterizada en Alta Definición y ya salio a la venta en formato BluRay en una edición megalimitada de solo 3000 copias:
http://www.screenarchives.com/title_detail.cfm/ID/25888/THE-OTHER-1972/

El Guardián dijo...

Gracias por la información, Anónimo. Ya le tenía seguido el rastro a esa edición. Y ahora en tres semanas estará disponible también en Inglaterra por un precio más barato y sin limitaciones de ejemplares: http://www.amazon.co.uk/The-Other-Blu-ray/dp/B00QVJ0MZ2