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20 de febrero de 2009

DISCOVERY CHANNEL: The Dungeonmaster (1985)


El amo del calabozo

USA

Dirección: Dave Allen, Charles Band, John Carl Buechler, Steven Ford, Peter Manoogian, Ted Nicolaou y Rosemarie Turko

Guión: Allen Actor (basado en una historia original de Charles Band)



Gwen: Why did this happen to me? How did I fall for a guy whose first love is a machine?


Hay películas que uno no debería juzgar basándose únicamente en su supuesta calidad (o falta de ella). Bueno, de hecho todas las películas deberían ser juzgadas atendiendo también a otros factores (en su mayor parte subjetivos) que les otorgan su sentido completo para cada espectador final. Desde esta casa, por ejemplo, siempre hemos sentido una especial afinidad por ese tipo de cine que desborda ingenuidad y ambiciones desmedidas por los cuatro costados, con resultados en muchos casos catastróficos. Ese cine que se dice que ya (casi) no se hace, o que cuando se intenta hacer se le notan tanto sus intenciones y su autoconsciencia de ser producción basura, que rompe de esa manera con su principal atractivo a los ojos de un espectador como el que les habla (el caso de las actuales fotocopias desganadas de la productora The Asylum es bastante sintomático).



Quizás El amo del calabozo (o Ragewar – The challenges of Excalibrate, el título original del proyecto, mucho más fidedigno con su contenido) sea una cinta que una gran cantidad de espectadores calificarían sin dudar como basura, pero espero que no muchos de ellos se pasen por este blog, porque hay pocas cintas que resuman tan perfectamente una década tan gozosa como fue la de los 80 como ésta que nos ocupa. Fíjense bien en la portada y ya verán aparecer algunas pistas claras de por dónde van los tiros. En un primer vistazo se podría sacar la rápida conclusión de que estamos ante una película de fantasía, de las denominadas de espada y brujería; de hecho el propio título parece acotar claramente el terreno y nos dirige hacia una figura fundamental en juegos de rol como el fundacional Dungeons & Dragons, y que muchos también relacionarán como un ser bajito, con cierto parecido con un importante ex político catalán y un sentido del humor de un hijoputismo elevado, que brincaba a sus anchas, más feliz que un budista en pleno nirvana, por la serie de dibujos animados que adaptó dicho juego de tablero a la pequeña pantalla.



Pues más o menos al mismo tiempo que esa serie llegaba a su fin en la televisión, Charles Band y su imprescindible productora Empire Pictures, se sacaba de la manga esta ¿explotation? bizarra y desvergonzada, que bien podría resumirse como la más absurda y perfecta plasmación de la mecánica del juego de rol (y de sus jugadores) a la gran pantalla. Pero sigamos ojeando más a fondo su portada y encontraremos algunas pistas más de sus intenciones. Fijémonos en el héroe arrodillado e impertérrito y notaremos que su atuendo no responde al que uno esperaría en una película de este tipo (mallas, falditas o taparrabos), sino que posee un cierto aroma… ¿tecnológico? Bueno, de tecnología futurista cool ochentera, para ser más exactos. Además, de fondo, la imagen de una loca del metal apunto de enfilar un imponderable e interminable solo de guitarra, nos da más pistas que las que podríamos extraer a un nivel puramente metafórico del contenido del paquete.





Lo cierto es que esta película nos va a deparar muchas más sorpresas aún que las que señalan su (excelente) portada. En su cometido (buscado o no) de servir de resumen y aglutinador de las tendencias más videocluberas de la época, nada menos que 7 directores distintos se las apañan para meter a presión, juntos, pero no revueltos, a enanos ladrones reciclados de Los héroes del tiempo (1981); a una computadora, creada por el geek protagonista, que habla, piensa, siente celos y a la que solo le falta amasar pan (todo un icono reiterativo de la década); una armadura llena de gadgets con un cierto aire a un Tron (1982) de saldo; carreras por el desierto en vehículos que gritan ¡chatarra fresca!, siguiendo los pasos de la eternamente influyente Mad Max 2 (1981); muchos rayos, chiums y lucecitas (incluyendo hasta una lucha de dragones de animación, cortesía de los estudios Disney); enfrentamientos con gigantes mitológicos animados en un decente y encantador Stop Motion; una moza inquieta, por supuesto, por el amor que profesa por la tecnología su improbable novio, y que tras ser secuestrada y encadenada, descubrirá al auténtico Sansón que tiene entre manos; una sesión de enfrentamiento a hostia limpia entre el bien y el mal (o como solucionar las cosas a la española); y como insuperables bises (si aún me queda algo de aliento), ¡un pequeño slasher! (algo descafeinado, eso sí) ¡y un mini concierto de la banda de Heavy Metal W.A.S.P.! (como ya dije, la portada decía más de lo que parecía). A ver quién es el guapo que da más en 70 minutos.





Pero, ¿puede caber todo esto en una sola película? Sí, y algunas cuantas cosas más que me dejo en el tintero (más pistas en las capturas). Y lo más importante, ¿puede todo esto tener sentido o simplemente ser entretenido? Dependerá mucho del espectador y de su empatía por los ingredientes de la formula. No nos equivoquemos, no estamos ni mucho menos ante una delicatesen (ni siquiera dentro del llamado cine basura), y la estructura de pruebas-episodios a la que se ve obligado el film, no ayuda a que tenga la más mínima progresión dramática, o sentido del ritmo, o sentido a secas (al contrario, su non-sense es admirable); quizás esta sea la razón por la que no hay más defensores de esta pequeña perla ahí fuera. Pero si logramos entrar en la película desde un principio, es difícil que su visionado vaya a suponer una decepción.



Empezando prácticamente en un gimnasio, templo espiritual de la década, y terminando en casita, en compañía de una fémina con planes de boda, habiendo renunciado a la tecnología, y sabiendo que, tras vencer al mal y haber sabido escoger las peores combinaciones posibles para nuestro vestuario, nos hemos ganado la felicidad ochentera, Charles Band nos da una lección de su particular manera de conquistar el mundo el mismo año en que nos regalará títulos fundamentales como Ghoulies (1985) (juraría que uno de los monstruos de esa cinta es reciclado en ésta), Trancers (1985) o Transmutations (1985).







Las Claves del Caso


Pericia Criminal: el imponderable deseo de Charles Band, como todo buen anfitrión, por agradar a su público objetivo a través de la acumulación, para que así cada espectador tenga un pequeño trozo de su gusto (en realidad la película es así porque fue una serie de televisión frustrada, para que engañarnos); que sin comerlo ni beberlo casi consiga resumir todo las tendencias subterráneas cinematográficas de una década en un solo título; que de haber visto esta película en mi niñez, (cosa que no hice, a pesar de lo mucho que me llamo siempre su caratula desde la estantería de mi videoclub), la habría disfrutado sin duda en toda su plenitud; que nos demos cuenta que para hacer películas como ésta hacen falta por lo menos 7 directores; lo bien que se lo pasa Richard Moll (el inolvidable Bull de Juzgado de Guardia (1984-1992)) como villano locaza; el toque mágico que Band tenía entre los 80 y los 90 para parir continuamente obras de culto (aunque fueran de culto minoritario).






Bajos instintos: su mayor defecto. En plena época de las tetas locas y de las camisetas sin sujetador nos quedamos sin dar un palo al agua (bueno, en el agua ocurre lo más cercano a un desnudo que nos podemos encontrar en el film). ¡Ni siquiera se aprovecha el episodio slasher! Una gran decepción, quizás justificada en parte por orientar su target hacia una audiencia más juvenil. ACTUALIZACIÓN: parece ser que existe una secuencia con desnudos eliminada que estuvo un tiempo colgada en Youtube. Esto ya tiene más sentido.




Pistas Delatoras: hay que verla con los ojos de un niño de los 80 o de un adulto enfermo (y a mucha honra) pero con memoria, para entrar realmente en su juego; pese a contener todos los elementos que dan forma a los grandes títulos de culto, su estructura episódica resuelta sin ninguna gracia, pesa excesivamente a la hora de valorar más positivamente el producto final; que haya habido que esperar hasta el 2002 para una secuela (la misteriosísima Pulse Pounders), que despierta tanto mi curiosidad como mi suspicacia.




7 Pisos

17 de mayo de 2008

DISCOVERY CHANNEL: The Comeback (1978)


Los crímenes del ático

UK

Dirección: Pete Walker

Guión: Murray Smith (con material adicional escrito por Michael Sloan)








Mrs. B: Have you ever seen a child die of strychnine poisoning? You scum! Kill the bastard!!


Pues sí, niños y niñas, ha llegado el momento ya de introducir esta pequeña joyita del cine de terror setentero, tan delirante como fiel a la iconografía del género, y tan olvidada como reivindicable en muchos aspectos. Un posible resumen de lo que quiere ser este blog y lo que este Guardián gusta de ver, y una de esas películas a las que le sienta como un guante la trillada frase: Ya no se hacen películas así. Con todos ustedes, la misma esencia de éste blog: Los crímenes del Ático.



En primer lugar, las presentaciones: Pete Walker, el director del film, es ya por si solo un hombre a reivindicar. Un director bastante desconocido y peculiar, cuya carrera abarca solo 15 años, desde finales de los 60 a primeros 80. En la década jolgoriosa, la llegada masiva del vídeo doméstico amenazaba con retirarlo de los cines, por lo que con poco más de 40 años decidió retirarse él mismo, y para nuestra desgracia ahí sigue. Eso sí, lo hizo tirando la casa por la ventana con una película ¡de la Cannon!, y aunque el resultado no es tan significativo como en otras películas suyas, no por ello es desdeñable. La casa de las sombras del pasado (1983) tiene el honor de reunir bajo un mismo techo a buena parte de la aristocracia del cine de terror, que por aquel entonces aún seguía en pie. Ahí va eso: Vincent Price, Peter Cushing, Christopher Lee y John Carradine.

Pero son otros títulos los que nos permiten realizar un mejor retrato de este esquivo director. Comenzando por sus primeras películas, que se adscribieron sin complejos a la sexplotaition con generosas dosis de Nudity, ya fuera con la excusa de la comedia o de la cinta de acción. Películas independientes y cachondas que le dieron su mayor éxito con ¡la primera película en 3D británica!: The Four Dimensions of Greta (1972). Ya con Die Screaming, Marianne (1971), se adentra en el género de terror, que irá combinando con más Nudies durante unos años, hasta que en 1974, con House of Whipcord (1974), se encuentra con el guionista David McGillivray, con el que en solo 4 años firma 4 títulos con los que hará de puente en Inglaterra para el paso de las películas de la Hammer al nuevo cine de terror que iba a llegar en los 80. Es en esos años dónde se labra su prestigio entre los aficionados con mejor olfato, y aunque la película que hoy nos ocupa no tiende a estar tan bien considerada, en ningún momento ha de dejar de ser tenida en cuenta. Sin duda, habrá más oportunidades de ver aparecer por aquí a este realizador británico que tan contentos sabe dejarnos a la familia del Ático.



Antes de adentrarnos en el film en sí mismo, detengámonos por un momento en ese monumento de portada que lo presenta. Las primeras aclaraciones son necesarias: como era común en la época, las portadas podían variar enormemente entre los países dónde un título se estrenaba, y este caso es bastante significativo en ese sentido. La portada original que pueden ver un poco más abajo, sin dejar de ser atractiva (y por qué no decirlo, más fiel a la propia película), no puede competir con la maravillosa portada española. A pesar de estar ésta firmada, no he conseguido ni leer la firma ni detectar a su autor y también desconozco si se utilizó en más países. De todas formas, con los datos de que dispongo sí puedo afirmar que la recuerdo perfectamente dominando entre muchas otras maravillas en las estanterías de mi videoclub de barrio, y pese a lo terriblemente engañosa que resulta respecto al contenido de la cinta (como toda buena portada del género ha de ser), sí consigue reunir los símbolos del film y servir de perfecto reclamo, sin que la película luego decepcione. Como solía ocurrir entonces con las portadas, lo que en el film es mucho más lúgubre o pobre (como el ascensor que lleva al ático de nuestro protagonista o la propia máscara que utiliza nuestro asesino misterioso), es engrandecido y enriquecido en la portada, por lo que resulta una labor inútil tratar de identificar los espacios o motivos que en ella se muestran posteriormente en la película. No obstante, mírenla de nuevo con detenimiento; tienen que reconocerme que bien merece ser la entradilla que de la bienvenida al espacio criminal que este blog representa.



En lo que respecta a lo que podemos encontrar en la película, ésta juega a mezclar diversas temáticas, muy jugosas por sí mismas, con resultados sorprendentes. Por un lado está la historia del artista (músico en este caso) en crisis creativa y sentimental que trata de protagonizar un regreso al estrellato que se le resiste y al que sus fantasmas pasados no parecen querer abandonarle para dejarle volar libre. Aquí, el film nos permite admirar algunas canciones en las sesiones de grabación (el propio actor protagonista era un famoso cantante inglés en la vida real), descacharrantes una tras otra, especialmente la que interpreta con pasión nuestro músico protagonista.



También tenemos al asesino misterioso que, buscando una venganza por algún hecho que desconocemos (y que por supuesto al final de la cinta nos será desvelado), comienza a cercar al protagonista al ir asesinando a su grupo de amigos más cercanos, comenzando por su ex-mujer (en un momento de gran energía al comienzo del film, gracias al cual Walker aprovechará para irnos mostrando la descomposición del cadáver durante toda la película), aprovechándose además en muchos casos de las visitas que éstos realizan al antiguo ático que habitaba nuestro protagonista; que no obstante (y pese a figurar claramente en el título en español), no será en absoluto el escenario en el que se desarrolle la acción. Ésta se concentrará más en una vieja mansión dónde nuestro músico venido a menos buscará descanso y la inspiración perdida, y en la que se sucederán los sonidos y los lamentos extraños que no dudarán en atormentarlo en las largas noches bajo su techo. La película se adscribe aquí también, sin prejuicios, a los films de casa encantadas y los misteriosos cuidadores que las habitan.



La cuota romántica la cubre el amor pasional que el protagonista encuentra en brazos de Pamela Stephenson, la secretaria de su productor (terreno en el que sorprendentemente Walker se muestra más recatado de lo que se podría esperar) y entre tantos ingredientes tampoco vamos a echar a faltar unas generosas dosis de delirio (incluyendo un chocante y no explicado plano en el que vemos el gusto por el travestismo de dicho productor). Pese a todo, en algunos momentos la cinta no se salva de ciertos tropezones alucinógenos (el desenmascaramiento del asesino, no por inevitable por descarte, deja de tener una explicación más que pillada por los pelos), pero misteriosamente el interés por el conjunto no llega en ningún momento a desfallecer.



Si a todo lo anterior le sumamos que la película está repleta estéticamente de elementos completamente demodé, incoherentes, y en muchos casos sencillamente encantadores, y que el protagonista es capaz de zambullirse sin prejuicios en el más absoluto de los ridículos en cuanto a ropas (atención al anorak), peinados, caritas o complementos, tenemos por resultado que el cóctel final solo nos podría haber llevado al despropósito absoluto o, milagrosamente como en este caso, al gozo casi redondo.



De acuerdo, es necesario una mente muy desprejuiciada para admirar en toda su inmensidad el personal universo que Pete Walker nos presenta aquí y, sin duda y a diferencia de títulos anteriores suyos, no debe ser tomado demasiado en serio; pero esa actitud abierta no es muy diferente de la que hay que adoptar ante un Ed Wood, un John Waters o un Antonio Margheriti; mucho mejor valorados por otro lado que el autor que hoy nos ocupa. Underground, salvaje y sin complejos. Como un Robert Crumb intoxicado tras una semana en el campo; este pedazo criminal está pidiéndoles a gritos que lo redescubran. Háganle el favor.





Las Claves del Caso


Pericia Criminal: el particular universo de Pete Walker, que tan en consonancia está con las perversiones, cachondeo y alucinogenia de este blog; el momento en que nuestro cantante protagonista interpreta apasionadamente su canción; el primer (y brutal) asesinato; la portada española; la descolocadora secuencia de travestismo; los múltiples elementos estéticos descacharrantes del film y una mención muy especial a la interpretación, siempre perturbadora, de Sheila Keith (la musa de Walker).






Bajos instintos: muchos menos de los que cabría exigirle a su director. Aunque la caliente presencia de Pamela Stephenson se agradece, es muy poco aprovechada (poco más que un plano de sobeteo de culo y algún pecho muy fugaz); eso es así incluso en la secuencia del pícnic en el campo que acaba con polvazo en el coche, en donde la carne está demasiado estratégicamente tapada. ¿Qué está ocurriendo aquí?






Pistas Delatoras: aparte de la necesidad del adecuado estado mental (enfermo) para acercarse al film con buenas posibilidades de disfrutarlo, hay que reconocer que Pete Walker está un poco en baja forma en esta entrega, sobre todo si se compara con otros títulos de gran pegada de su filmografía; además cualquier intento de buscar una lógica en la trama o su resolución resultaría ridículo. Se podrían poner muchas más pegas, pero estamos ante la película que da nombre al blog, ¡qué coño!, un respeto.




7 Pisos

23 de abril de 2008

DISCOVERY CHANNEL: The Baby (1973)


Jaula sin techo

USA

Dirección: Ted Post

Guión: Abe Polsky














Alba (torturando a Baby con una picana eléctrica): Baby doesn't talk! (descarga) Baby doesn't walk! (descarga) EVER! (descarga)


He aquí otro de estos casos curiosos: un pequeño descubrimiento, que si bien no acaba de ser una pieza redonda y deja ver claramente sus limitaciones en muchos aspectos, tiene en su fuerte personalidad y en su muy efectiva capacidad de desasosiego y perversión sus principales valedores.

Crimen poco apreciado por la industria, no solo en España (donde en su día lo llegó a regalar la revista Tiempo como producto de saldo), sino también en Estados Unidos (donde nunca ha sido editado tan siquiera respetando el formato), creo que va siendo hora de romper varias lanzas en su favor. No seré el primero en hacerlo, pues ya varias voces han clamado en la red por una mayor consideración hacia esta pequeña obra maldita, pero espero al menos despertar el apetito de algún nuevo observador.



Como la portada de más arriba demuestra (y ya no digamos la pseudo-portada que le dedicó la revista Tiempo, y que también encontrareis en este artículo), la distribución se ha empeñado en vender este caso como un producto de terror serie B sobreexcitado, con clara tendencia hacia el tajo mortal, como la pequeña hacha que sobresale de la cuna en la foto de portada quiere hacernos creer. Una vez más, un póster muy lamentable, que probablemente aniquiló casi todas sus pocas esperanzas de llegar a su púbico. Y éste no es el de las cintas sanguinolientas de serie B (que aquí, por otro lado, tanto disfrutamos), sino el amante del drama psicológico con tintes muy negros de terror y con excelente giro sorpresa final (la parte que más podría tener que ver con el motivo de la portada), que más que negro es pura brea.



Nos encontramos (salvando las distancias, por supuesto) con un pequeño hermano del primer Gótico Americano de los años 60, que ya adelantaba lo que más tarde (con cintas más viscerales como La última casa a la izquierda (1972) o La matanza de Texas (1974)) daría lugar al subgénero llamado American Gothic: las perversiones, peligros y el sentido de lo grotesco y del grand guiñol que se esconden en las casas de la América más profunda y que amenazan con estallarles en la cara a la sociedad más conservadora si se atreven a meter allí sus narices y no les dejan disfrutar de su pudridero en paz. Esta tendencia ya aparece desde muy al comienzo del cine norteamericano (ya hemos hablado aquí de Browning), pero es en los años 50 (con cintas como Baby Doll (1956)) y en los 60 (con el imprescindible Robert Aldrich y películas claves como ¿Qué fue de Baby Jane? (1962)), donde más cala su influencia, sobre todos los estratos del cine americano, y se demuestra su interés y comercialidad.



Ésta The Baby o Jaula sin techo (ambos títulos magníficos: uno en su concreción y el otro en su poder metafórico), es un mórbido retrato de un circo de freaks, dónde, como suele ocurrir, los más retorcidos suelen ser los de apariencia más normal. Todos giran sobre el que parece ser el principal engendro del grupo, ese hombre de más de 30 años al que llaman Bebé, que se comporta como tal y que vive en una cuna de su medida y con una familia teóricamente normal y dedicada a sus cuidados. La llegada de una asistente social y su insistencia en la posible curación, o al menos evolución, del benjamín de la familia destapa la caja de los truenos.



Rodada de manera convencional, como si de un telefilme de la época se tratara, tiene precisamente en la cotidianidad, luminosidad de la fotografía y aburrimiento de barrio de clase media de su puesta en escena, una de las cualidades que más destacan, por yuxtaposición, con el tono interno de sapos y culebras que recorre el film. Es este un crimen que exige paciencia para entrar en su juego y poder apreciarlo en su plenitud, y que, aunque no promete una plena satisfacción tras el esfuerzo, sí que puedo confirmar que, aquí en el Ático, hemos gozado con su original perversidad. Trato aparte merece Ruth Roman en su papel de gran madre terrible que con su sola presencia hace agriar hasta la leche para pleno regocijo de este Guardián.





Las Claves del Caso


Pericia Criminal: su insobornable personalidad y su carácter único y desasosegante; una vez más, Ruth Roman; la explosiva confrontación de la vulgaridad de su estética con la riqueza y complejidad de su fondo; la secuencia de la tortura a Baby con la picana eléctrica; que el tiempo pasado sobre ella no le haya restado un ápice de su fuerza y un final sorprendente y negro, negrísimo.






Bajos instintos: una vez más, no hay imágenes explícitas, pero en buena parte de la película éstos están muy presentes. De todas formas tenemos dos secuencias especialmente destacables (aunque no haya carne a la vista): la primera, y la más deliciosamente malsana, sucede cuando la cuidadora de Baby se ve acosada por éste y por su imperiosa necesidad de mamar de su pecho: exquisita. La segunda, no menos perversa, sucede cuando una de las hermanas de Baby ha de dejarse sobar compulsivamente por un baboso, para despistarle y permitir a su hermana y su madre seguir adelante con su plan de ataque a la asistenta social.




Pistas Delatoras: aunque tal como es la película logra ser singular y única, también hay que admitir que, de haber tenido la suerte este guión de haber caído en manos de un realizador más poderoso (por supuesto, Aldrich lo habría bordado), habrían saltado chispas, que es lo que en este caso no acaba de suceder casi nunca; también algunas inconsistencias en la trama son de lamentar, sobre todo respecto a su conclusión, aunque lo sorpresivo de ésta hacen que se perdonen con facilidad.




7 Pisos y media escalera

20 de febrero de 2008

DISCOVERY CHANNEL: Highway to Hell (1992)


Autopista al infierno

USA

Dirección: Ate de Jong

Guión: Brian Helgeland










(Montándoselo en el coche)
Rachel: Charlie... Charlie, not in a Ford Pinto.
Charlie: Just close your eyes and picture a Porsche.


El bueno de Charlie sabía lo que se decía y con ese consejo apresurado, en pos de lograr vencer la resistencia virginal de su pareja, a punto estuvo de salvarla de ser el objeto más codiciado de un Hades caprichoso y libertino.

¡Cómo hemos disfrutado la familia del Ático con esta pequeña delicia que pide a gritos ser descubierta! Hasta nuestro particular perro Cancerbero ha gozado de su sosias en el film, animado en Stop-Motion. Éste es sin duda el material del que están hechos los sueños (o las pesadillas), al menos los de presupuestos más que ajustados.

Comenzando por una insulsa y sobria portada, que ni de lejos hacía presagiar el viaje psicotrónico que se escondía en su interior (y que no está acorde con el barroquismo pictórico con el que disfrutaremos de lo lindo en este blog), todo hacía indicar que Autopista al infierno no podía ser otra cosa que una explotation de la imprescindible Carretera al infierno (1986), un tanto tardía y con un punto claramente guasón, frente a la seriedad de aquella. Pero nada más lejos de la realidad.



Su punto de partida sí que remite ligeramente a aquel clásico de los 80; con una pareja protagonista que se adentra en una noche de carreteras secundarias donde les espera un personaje (policía, para más señas) que, como en aquella, hará de su vida un infierno (o mejor dicho, les mandará allí directamente). Pero pronto vemos que los delirios y las pretensiones de su principal artífice, el guionista Brian Helgeland (al que más adelante regresaremos), están muy lejos de la tensión al límite del film de Robert Harmon y mucho más cerca de una mezcla imposible entre la imaginación desbordada, pero con aroma a estiércol, del Terry Gilliam de La Bestia del reino (1977) o Los Héroes del Tiempo (1981), la estética sucia y decadente del mejor John Waters y la desfachatez y atrevimiento del siempre entrañable Edward D. Wood Jr.

Esta Autopista al infierno, que es en realidad una carretera secundaria, es además un viaje lleno de humor al lado oscuro de la América de su tiempo. Y desde esa óptica se puede adscribir a una de las temáticas que más nos gustan por aquí, la de las historias que transcurren Al Otro Lado. Aunque también hay que reconocer que, si bien comparte buena parte de la estructura y la simbología de este universo que se articula entre Alicia en el país de las maravillas y el mito del Laberinto, con parada y fonda en El mago de Oz (la película incluso incluye una referencia directa a esta última en uno de sus diálogos), las libertades que se toma su guionista y las múltiples fuentes genéricas y de estilo de las que bebe (como el mito de Orfeo y Eurídice, las películas de Mad Max o el Western más clásico), hacen que el resultado se escape a cualquier intento de catalogación rígida; lo que da de paso al film un cierto carácter único.

Dentro de este parque temático infernal en pleno desierto (como un Las Vegas de los pobres) en el que todo vale, podemos disfrutar de un coctel que incluye desde un bar de carreteras para policías con toda clase de donuts a su disposición; una banda de motoristas del infierno, cuyo líder lleva el pelo más lavado y limpio que la propia chica protagonista o un cúmulo de referencias al mal en todas sus representaciones (desde históricas, como las quejas de Hitler en un casino de carretera, hasta guiños pop gozosos a películas-catedrales como The Rocky Horror Picture Show (1975), en forma de pegatina de Satanic Mechanic que un Belcebú disfrazado de mecánico luce en su grúa). Mención especial merece una carrera a hostia limpia entre un buen número de automóviles, filmada con el frenesí y el aroma de desguace de Los Autos Locos (1968) o Los locos de Cannonball (1981), siendo además todo esto sólo un preludio infernal a la auténtica bajada a los abismos para conocer al mismísimo Hades, que es el maromo que se ha encoñado y raptado a nuestra virgen protagonista.



El argumento, en realidad, es lo de menos, y si bien su guionista se esfuerza en dotarle de una patina culterana al referirnos en distintos momentos al ya citado mito de Orfeo, lo cierto es que la pura diversión gamberra se impone, y tan pronto nos sueltan el conocido podréis salir del infierno siempre que en vuestro camino no volváis nunca la vista atrás, como la regla queda olvidada completamente y reservada únicamente al apuntador, mientras lo que a los creadores realmente les importa es la suma de más y más elementos en búsqueda de la diversión segura por pura acumulación.

Brian Helgeland es, como ya he dicho, la auténtica fuerza motora de la cinta. Venía de foguearse en la gamberra Pesadilla en Elm Street 4 (1988) o en el debut de Robert Englund como director, 976 - El teléfono del infierno (1989), pero quizás el guión con el que guarda más paralelismos la película de hoy, sea el que escribe años más tarde para Mensajero del futuro (1997); una nueva versión del infierno postapocalíptico y desértico que aquí se muestra, anabolizada y con un presupuesto infinitamente superior, pero cuyo nivel de disfrute y fascinación está muy por debajo de esta hermana pobre pero respondona. Helgeland pasaría de Autopista al infierno a ganar el Oscar por su guión para L.A. Confidential (1997) como el que pasa del Reggaeton al Ballet, y también sería el artífice de los excelentes guiones de dos cintas de Eastwood: Deuda de sangre (2002) y Mystic River (2003) (esta última con una nueva nominación al Oscar incluida), lo que no evitaría que se siguiera prodigando bastante generosamente en el cine de derribo, como su guión para Destino de Caballero (2001) (donde también se coloca tras las cámaras) demuestra.

Frente a lo incontenible del guión, la dirección del bastante desconocido Ate de Jong no se afloja y mantiene dignamente el ritmo y el interés, a pesar de una terrible dirección de actores y un despreocupado seguimiento del Raccord, digno del ya mentado Ed Wood. Para la posteridad quedan los cambios de camiseta del protagonista en medio de una persecución motorizada, de una desvergüenza muy reivindicable.







De todas formas, llegados a la resolución de la cinta, y cuando ya han quedado atrás Matte Paintings, transparencias, maquetas, maquillajes delirantes o la, siempre venerada en esta casa, incomparable técnica de la Stop-Motion; no puede evitar que nos sepa a poco un final que pierde fuelle, algo atropellado y que deja bastantes hilos sin cerrar. Aunque realmente la culpa aquí se la tiene que repartir con el guionista.

En definitiva, una nota de atención para todos los lectores degustadores de rarezas golosonas, ambiciosas y despreocupadas; porque aunque, insisto, su cartel no le haga justicia, en esta cinta se esconde mucho delirio fantástico y sentido de la maravilla, eso sí, del de a 4 pesetas. Además, la caza de este espécimen no resulta del todo sencilla, pues aún no ha sido publicado en ningún país (al menos que yo conozca) en DVD; pero los espectadores españoles tenemos suerte y en las verdes praderas podremos echarle el lazo.

Y sí, también sale un primerizo Ben Stiller interpretando un doble papel, por si a alguien le interesa. A mí me resulta más mencionable la breve, pero imprescindible aparición del siempre entrañable Richard Farnsworth, como el inevitable pepito grillo que advierte a los protagonistas de los peligros de adentrarse por dónde no deben y al que, como es norma, no se le hace ni puñetero caso. Poco creo que pudiera imaginarse, tras una larga carrera como especialista y prolífico actor de reparto (con despuntes como Llega un jinete libre y salvaje (1978)), que siete años después David Lynch lo lanzaría a la inmortalidad con el Alvin Straight de Una historia verdadera (1999), justo un año antes de que el diagnóstico de un cáncer terminal le llevara a pegarse a un tiro, dejándonos huérfanos de su talento.




Las Claves del Caso


Pericia criminal: la desvergüenza y psicotronía del conjunto; un guión repleto de sorpresas y giros inesperados constantes; un infierno con gran personalidad; Cancerbero en Stop-Motion y otros efectos deliciosamente anticuados; las manos-esposas que utiliza el policía; el sentido del Raccord del director; la carrera de coches; Richard Farnsworth; los Andy Warhols esparciendo basura y mucha diversión.










Bajos instintos: no hay demasiada cantidad, pero sí de buena calidad. Aparte de que el protagonista enseña pecho palomo durante varios minutos, tenemos a la chica de carretera que encuentra buenos apoyos a sus pesares en el coche del protagonista, algunas strippers en top-less encerradas en las jaulas del casino de carretera (especialmente una muy bien dotada y acompañada del cartel Touch at your own Risk) y por supuesto la delirante demonio de tetas caídas (una hermana del Troll de la película de 1986) que se lo intenta montar con el prota sin demasiado éxito. Lamentablemente, Kristy Swanson se mantiene virginal y tapada durante todo el metraje.








Pistas Delatoras: casi todo su reparto, especialmente Adam Storke y su pelo Vidal Sassoon (aunque lo hace tan mal que casi logra hueco en la parte positiva) y Ben Stiller; el cartel de la película, muy poco incitador; el final bastante desinflado y, sobre todo, que podía haber dado mucho más de sí con un director más imaginativo y con un poco más de presupuesto.






7 Pisos


-Gracias especiales a KillerBob por hacer accesible esta pequeña maravilla-