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21 de abril de 2008

CRÍMENES VIEJUNOS: The Road to Mandalay (1926)


La sangre manda

USA

Dirección: Tod Browning

Guión: Tod Browning, Herman J. Mankiewicz, Elliott J. Clawson y Joseph Farnham









Singapore Joe: Soy Singapore Joe. Esta barraca es mía… Deberías conocerme…


Aunque la única copia que se conserva de esta película está claramente incompleta y adolece de importantes lagunas narrativas para la comprensión total de la historia, esto no es un inconveniente para recomendar encarecidamente su visión a todos los amantes del género macabro, y especialmente a los que quieran seguir ahondando en la filmografía de uno de sus más grandes creadores: Tod Browning.

Si no me cabe duda que la mayor parte de lectores de este blog ya habrán devorado con ansia esa obra maestra llamada Freaks / La parada de los monstruos (1932) (sino, no sé a qué están esperando), y seguramente también le habrán echado el guante al clásico Drácula (1931) con Bela Lugosi (por otro lado, una de las películas menos conseguidas de su autor), existe toda una corriente que atraviesa buena parte de la filmografía de Browning y que le confiere una de sus mayores despuntes de personalidad, que es la larga colaboración que estableció con el gran actor Lon Chaney (el hombre de las mil caras) de la que se alimentaron mutuamente sus respectivos talentos, legando para la historia un puñado imprescindible de obras maestras y quedando como una de las más largas y fructíferas colaboraciones artísticas actor/director (a la altura de De Niro/Scorsese o Mastroianni /Fellini) que se pueden encontrar en el cine.



Entre la gran cantidad de obras mayores que este tándem realizó (y que puede que analicemos con más detenimiento en algún ciclo posterior), esta película no resulta una de sus más significativas; aunque es imposible opinar sobre qué nos parecería la película completa, de encontrarse ésta algún día. De todas formas, como todas sus colaboraciones, no deja de ser un plato exquisito para todos los Guardianes con buen olfato para lo depravado y las muestras de amor por lo diferente.

Una vez más, Browning vuelve a dar muestras de esa empatía y comprensión por los más desfavorecidos, por los freaks de nuestra sociedad, y casi como un acto político se empeña en reivindicar (allá por los años 20) su derecho a poder acceder al amor, al cariño y a la comprensión (aunque casi siempre nos recuerde que la realidad para estos seres suele estar teñida de tragedia). Para ello utiliza la historia de un padre descarriado que hubo de abandonar el cuidado de su hija, por lo que se ha visto obligado a contemplar desde la distancia su evolución vital; no obstante, no ceja en tratar de protegerla de los sufrimientos, a pesar de que con ello haga caso omiso de los propios deseos que la joven desarrolla.

También aquí, como es norma en él, Lon Chaney vuelve a confirmar lo correcto de su apodo y lleva a cabo una nueva transformación que destaca especialmente por las claras de huevo que utilizó en uno de sus ojos para dejarlo en blanco. Sus técnicas, pasito a pasito, dejarían sembrado todo el arte práctico del maquillaje de caracterización para todas las generaciones posteriores. Pero es como siempre su conmovedora capacidad para humanizar hasta el extremo (y dentro de las limitaciones del cine mudo) al personaje más depravado y salvaje que le pueda tocar interpretar, junto a la mirada inigualable a los bajos fondos de la sociedad que destila Browning en cada fotograma, lo que hace de este film, como de todas sus colaboraciones, una experiencia exigente pero ineludible.




Las Claves del Caso


Pericia Criminal: la magia que desprende cada colaboración del tándem Browning/Chaney con su personal e inconfundible mirada hacia el reino humano de las sombras; la conmovedora caracterización de Lon Chaney, sin olvidar a Kamiyama Sojin cómo sibilino villano; la entidad dramática y la capacidad de evocación que logra extraer Browning de todos los escenarios (maestro siempre en la composición de los espacios); y la fuerza en general que desprende todo el conjunto (destacando especialmente la música hipnótica que acompaña la versión con intertítulos en francés a la que he podido acceder), a pesar de estar la copia descalabrada.




Bajos instintos: nada explícito, como era de esperar, pero el erotismo y los instintos más malsanos están a flor de piel en los momentos necesarios, como corresponde a ese gran periodo de libertad (con clase) que fue el cine mudo.



Pistas Delatoras: el problema principal que juega en contra de la película es la propia copia incompleta que ha sobrevivido hasta nuestros días. Por mucho que los elementos que se nos muestren sean jugosos y dejen ver talento y calidad, la sensación de disfrute pleno y de inmersión en el filme (más que de comprensión) que podría haber surgido de la copia completa se nos escamotea, y con ella la posibilidad de un juicio más objetivo; también hay que admitir que Browning no está tan pleno de recursos e inventiva como en otras ocasiones.




7 Pisos y media escalera

18 de abril de 2008

CRÍMENES VIEJUNOS: Three Cases of Murder (1955)


Tres casos de asesinato

UK

Dirección: Wendy Toye, David Eady y George More O'Ferrall

Guión: Roderick Wilkinson, Donald B. Wilson, Brett Halliday, Sidney Carroll, W. Somerset Maugham y Ian Dalrymple





Mr. X: Devils? Oh, Mr Jarvis, what an imagination you have… if we were devils, would we have to borrow your matches?


Entre la larga tradición de películas de misterio o de terror por capítulos que se llevó a cabo durante largas décadas en Inglaterra, destaca por méritos propios esta cinta. Aunque no lleve la firma de la productora Amicus, una de las más prolíficas dentro del campo de las películas episódicas, su importancia y su condición de título ejemplar dentro del género ha permanecido inalterable hasta nuestros días.





Su principal reclamo, entonces y ahora, lo supone la presencia de Orson Welles en ella, pero hay que decir que su aparición no sucede hasta el tercer y último capítulo; y aunque como siempre su presencia e interpretación son portentosas, en realidad el auténtico motor del film lleva el nombre de Alan Badel. No sólo es el único actor que aparece en los tres relatos, sino que además su presencia mefistoliana, tanto en el primero como en el último de ellos, es una de las marcas imborrables que deja el film en el espectador.

Como toda cinta de episodios, Tres casos de asesinato sufre de las inevitables desigualdades entre ellos (más si consideramos que tanto los directores como los guionistas de cada uno son distintos), pero el sentido tan inglés de lo desasosegante que se mantiene en toda la película (frío, elegante, original y de tremenda crueldad), y el hecho de que los tres episodios superen sin problemas la media de calidad, explican el porqué de las continuas citaciones a esta cinta en todas las antologías.



Aunque si hubiera que hilar más fino (y ya personalizando el análisis), habría que decir que sí que la película sufre de un importante desequilibrio, pero éste es de carácter positivo en vez de negativo. Mientras el tercer episodio es magnífico -en él Orson Welles humilla políticamente al personaje de Badel y éste pasa a invadir sus sueños como venganza-, y el episodio intermedio, siendo el más flojo, se sustenta bien dentro del típico subgénero de relato detectivesco inglés con traiciones e infidelidades entre dos amigos por una mujer; es el primer episodio el que se eleva claramente por encima de los demás.



Y es que es en ese capítulo, titulado En el cuadro, dónde los elementos más sobrenaturales y terroríficos hacen su aparición. Aunque éstos también están presentes en el último relato, aquí adquieren no sólo su mayor fuerza de fondo, sino que además la forma que adoptan su guionista y director (directora) para introducirlos sólo puede calificarse de fascinante. Es por tanto el relato más inolvidable del conjunto y el que contiene una fuerza propia más acusada. Además, Alan Badel realiza aquí su interpretación más rica y perversa, y la unión entre lo real, lo soñado, el deseo, lo imposible y el arte mirando al arte, pocas veces ha dado resultados tan grandes en pantalla (ahora me vienen a la mente Jennie (1948) o El retrato de Dorian Gray (1945), con las que guarda ciertos parecidos).



Nadie que guste del más refinado gusto por lo sobrenatural y por la belleza de lo imposible ha de dejar pasar este primer relato (y ya puestos toda la película), en el que encontrará una posible respuesta a la eterna pregunta que uno se hace, cuando en un museo se detiene delante de uno de sus cuadros favoritos (y más si este es un paisaje expresionista y romántico) y, medio hipnotizado, mirándolo, desea saber: ¿qué se debe sentir dentro de ese cuadro que parece estar tan vivo? O mejor aún, ¿qué se esconde al final de ese sendero que se pierde tras la colina? No dejen de conocer la respuesta.




Las Claves del Caso


Pericia Criminal: por encima de todo, vuelvo a remarcar, el primer episodio; solamente por el cual ya merecería la pena ver el filme; también el extraordinario trabajo de Alan Badel en los tres episodios; la siempre prestigiosa presencia del Orson Welles actor; el excelente sentido de lo fantástico de dos de sus tres episodios y su perfecta estructura de cuentos (que no cortometrajes).






Bajos instintos: podría hablar de elementos de la trama (básicamente, las infidelidades del segundo episodio), pero no es eso lo que ha de aparecer por aquí. Siendo pulcramente estrictos no hay nada que reseñar, como buena película clásica que es.



Pistas Delatoras: el principal problema es el desequilibrio de los tres capítulos. Aunque esto no llega a impedir disfrutar de la película como un todo, si que, de haber sido los autores los mismos para los tres episodios, quizás el interés de las historias hubiera estado más nivelado.






7 Pisos y media escalera