Ha muerto Corín Tellado. El Stephen King de la novela romántica. La escritora más vendida y leída en lengua española, sólo superada por Cervantes. Una artista tan valorada y querida por su fiel público, como vilipendiada, ignorada y despreciada por la crítica y la élite literaria de nuestro país. Una creadora de provincias, asturiana para más señas, que escribía por el puro deseo y la necesidad de escribir. Capaz de acumular una producción en vida de más de 4000 novelas y de miles de relatos, con la mirada siempre puesta en el pueblo y por el pueblo, y con la única pretensión de evadir de su vida cotidiana a sus lectores. El hecho de que muchos de éstos aprendieran a leer con ella, seguro que fue algo que la llenó siempre de orgullo, al igual que la falta de respeto que sus compañeros literatos le profesaron tuvo que ser una dura losa que hubo de cargar toda su vida.
Yo no he leído nunca una obra suya y probablemente nunca lo haré. No es mi género y por lo tanto no me atrae de antemano. Eso no es ápice para que considere su pérdida una de las más importantes que hayan sucedido en los últimos tiempos dentro del estamento cultural español, tan raquítico y querido de sí mismo, y que muy pocas veces ha sabido hacer feliz a su público. El nombre de Corín Tellado ha sido para mí a la literatura lo que grandes artesanos populares y trabajadores estajanovistas como Mariano Ozores, Pedro Lazaga, Rafel Gil o Ignacio F. Iquino, fueron para el cine español. Una ráfaga de frescura y sencillez cargada de puro entretenimiento. Un placer en bolsilibro. El faro de una generación Bruguera de Marciales Lafuente Stefanias, Silver Kanes y Víctores Moras, ya hoy irrecuperables. Algo tan necesario como el respirar.
12 de abril de 2009
MIRANDO LAS ESTRELLAS: Corín Tellado (1927-2009)
21 de febrero de 2009
MIRANDO LAS ESTRELLAS: Albert Barillé (1921-2009)
¿Por qué entre todos los coleccionables de Érase una vez... que se pueden encontrar en los Kioscos nunca aparece Érase una vez el espacio (1982)? Aún admitiendo la enorme influencia de la serie de dibujos divulgativa Érase una vez el hombre (1978), por ser la primera, la más recordada y la que plantó los pilares, el estilo característico y los inolvidables personajes en los que se iban a mover (casi) todos los productos de la franquicia Érase una vez..., es esta segunda la que siempre me ha fascinado más.
Hace unos años volví a repasarme las series fundacionales que ese visionario que fue Albert Barillé creó con su productora de animación Procidis entre finales de los años 70 y los 80, y aunque me quedé a medias con Érase una vez la vida (1986), tanto ...el hombre como ...el espacio me resultaron más ricas, complejas y con un estilo menos infantil que los que recordaba de mi infancia. Por si alguien se lo pregunta, ni me planteé continuar más allá de ...la vida, porque es notorio el descenso de calidad de la animación que sufren las series de esta productora a partir de los años 90.
Con Érase una vez el hombre pude comprobar que la manera de explicar la historia repleta de saltos, de acumulaciones de situaciones, algunos pasajes densos (que no farragosos) y casi con un montaje experimental, es un método de enseñanza complejo que funciona perfectamente en la mente de un niño, a pesar de la sorpresa con la que lo puedan recibir algunos adultos. Nada que ver con las series o programas didácticos que se hacen hoy para los infantes, y que ya sabemos cómo los tratan.
Pero fue al recuperar Érase una vez el espacio, una serie libre del corsé de la obligación didáctica y que pudo contar por lo tanto con un argumento original, donde comprobé que me hallaba ante la obra cumbre de Barillé. Por momentos, casi ante la auténtica serie perdida de animación del universo Star Trek, en la que la inclusión de nuevos personajes, igual de característicos que los de la serie original (además de volver a contar con éstos, por supuesto), y de unos diseños de naves y de fondos inolvidables de Philippe Bouché, explican el imperecedero recuerdo visual que siempre había conservado de ella (además de esa pedazo de portada que pueden ver un poco más arriba). Pero es que narrativamente resulto ser magnífica, mucho más que su predecesora, y ya desde el primer capítulo me ganó completamente.
El pasado 11 de febrero, el inolvidable reloj que marcaba el paso del tiempo en estas series marcó su hora para Albert Barillé, pero su trabajo ya estaba más que hecho. Y los que lo vimos sabemos que quedará.
25 de junio de 2008
MIRANDO LAS ESTRELLAS: Kermit Love (1916-2008)
Sé que he estado ausente bastante tiempo, pero pronto regresaré. De momento no podía dejar pasar este fallecimiento, como ya hice con Stan Winston. Como Stan era suficientemente famoso y ya muchos blogs se han ocupado de él, tampoco fue tan grave mi ausencia, a pesar de que para mí su muerte ha sido importante; tanto, que creo que marca el comienzo del final de una de las más grandes generaciones de magos de la Historia del Cine.
Pero el caso de Kermit Love creo que puede pasar más desapercibido y sería injusto. Estamos hablando de uno de los diseñadores y constructores de marionetas más importantes del mundo, cuya colaboración con Jim Henson le hizo pasar a la posteridad como el constructor y co-creador de uno de los Muppets más importantes e identificables del Sesame Street original: Big Bird (que en España conocimos, en una versión adaptada, como Caponata, aunque ésta no funcionó muy bien). Pero es que, además de ser uno de los supervisores principales de las marionetas de este programa en sus años de máximo esplendor, también se encargó de la realización de los muñecos especiales que requerían las distintas versiones extranjeras del mismo. Y sí, fueron sus manos las que crearon a Espinete, por lo que las muertes se siguen acumulando en torno al erizo rosa.
Como bien cuenta el obituario escrito por el gran Guillermo Fesser, que aparece hoy en El País (y que pueden leer aquí), Espinete fue un descarte de la versión israelí de Barrio Sésamo que acabó en España; así que ya saben, estamos más cerca de los judíos de lo que pensábamos. Love también se encargó de los muñecos que dieron vida a los personajes del programa radiofónico de Gomaespuma en su paso televisivo por Tele 5 en los años 90.
Como todas las personas que han tenido que ver creativamente con la edad dorada de los Muppets (comenzando por el cada día más irreemplazable Jim Henson), su muerte deja atrás otro mundo y, como en el caso de Stan Winston, mucha magia que probablemente ya no volverá. Y eso que aún queda el gran Frank Oz, vivo y activo.
Antes de volver a mi actual silencio, quede aquí mi recuerdo a este Papá Noel de gomaespuma.
26 de mayo de 2008
MIRANDO LAS ESTRELLAS: Carlo Colombaioni (1934-2008)
Parece que en estos últimos meses no paran de caer guadañazos que por distintos motivos me tocan muy cerca. En este caso, más que cualquiera de los otros obituarios que he escrito hasta ahora.
Es muy posible que muchos de los lectores de esta página no hayan oído hablar del último gran clown que quedaba vivo, el último genio de ese arte tan difícil que consiste en hacer reír y llorar (y también pensar) al espectador, prácticamente al desnudo. Este desconocimiento generalizado es debido probablemente al propio carácter de Carlo, que gustaba de encontrarse con su público en la distancia corta y que desde hacía muchos años no se preocupaba demasiado por publicitar su imagen para hacerla llegar a grandes audiencias y convertirse en un personaje mediático. Tal es su grado de minimización que ni en la Wikipedia en inglés, ni en la española existe artículo sobre él, y tampoco han sido muchos los medios que se han hecho eco (como deberían) de su muerte y del vacío irreemplazable que deja detrás: es sin duda el final de una época. Pero no se deje engañar el lector por estos antecedentes, porque sólo ha de preguntar a cualquier profesional, amateur, interesado o seguidor del mundo del clown para comprender el impacto que supuso Carlo Colombaioni (como en sí toda la ilustre familia que llevó ese apellido) para todos los que tuvimos el honor de conocerle y verle actuar, y para el gran paso que dio este arte cuando decidió salir de la carpa de los circos y conquistar los escenarios. Y sí, también el cine le debe mucho, especialmente buena parte del de Federico Fellini.
Sin duda, su inmenso talento no se puede expresar con palabras, pues éstas no le hacen justicia. Era un animal de escena, allí se crecía, se iluminaba y te tocaba en lo más profundo. No exagero al decir que una interpretación suya en directo suponía un antes y un después en la vida de uno. Yo lo vi por primera vez en el año 1997 en Madrid, con el espectáculo Simpatico, eh! (un artículo de la época sobre este espectáculo se puede consultar aquí), que estuvo protagonizando a dúo con su cuñado Alberto Vitali durante más de 30 años, hasta el fallecimiento de este último. Observar de cerca sus gestos universales, sus palabras en italiano que hasta un chino habría entendido y, por encima de todo, su eterna mirada de niño, tan ilusionante como conmovedora, me dejó un recuerdo, desde ese mismo día, imborrable en mi memoria. Tanto fue así, que años después tuve el honor de conocerle y de volverle a ver actuar (esta vez en solitario) en un pequeñísimo teatro en Avignon. Ésta vez, el Carlo que tuve cerca fuera del escenario ya no era el mismo, se sentía viejo (más allá de que sin duda ya era mayor), enfermo y probablemente algo triste, aunque su presencia y sus palabras siguieran cargadas de elegancia, ternura e inteligencia. Pero eso era el Carlo de fuera del escenario, porque una vez subido a él, y ante un pequeño puñado de personas, volvió a brillar como la primera vez que lo vi. Era imposible reconocer en él la figura cansada a la que había estado acompañando durante todo el día. Sin duda, el escenario le seguía haciendo grande, era su último refugio. Todavía volví a encontrarme con él una vez más, que, sin que yo lo sospechara, sería la última.
Como digo, la noticia me toca muy de cerca, y más porque esos encuentros y lo que estuvo a punto, a punto, de salir de ellos, habrían cambiado sin duda mi vida. Aunque como tantas otras veces me ha ocurrido, nuestra colaboración no salió adelante, mi persona quedó igualmente marcada por él, como lo ha quedado de nuevo esta semana al enterarme de su fallecimiento. Debido a mi necesidad actual de permanecer en las sombras, como Guardián de este Ático, no puedo hablar más del asunto. Probablemente ya he hablado demasiado, así que por favor, no preguntéis.
Para el resto de datos sobre su vida y obra, no dejen de leer el hermoso obituario que escribió Rosana Torres en El País del pasado miércoles y al que pueden acceder desde aquí, y como regalo de despedida, aquí tienen un momento clásico de sus actuaciones que recoge en parte la magia de lo que éstas suponían.
MIRANDO LAS ESTRELLAS: John Phillip Law (1937-2008)
Se ha muerto Simbad el marino. Se han muerto la aventura, la fantasía y la inocencia. También ha muerto Diabolik, el ángel ciego de Barbarella (1968) y el Barón Rojo. Los soñadores estamos tristes. Que se lo digan sino a Carlos Aguilar.
15 de abril de 2008
MIRANDO LAS ESTRELLAS: Juan Ramón Sánchez Guinot (1957-2008)
No me duele decirlo, la noticia me ha impresionado. Hoy he sabido del fallecimiento por un cáncer de pulmón fulminante del actor Juan Ramón Sánchez Guinot. Mal que le pesara, ha sido y será para siempre recordado por todos los que hoy rondamos la treintena como Chema, el panadero de Barrio Sésamo (1983-1987).
Estoy seguro que ya en la foto de arriba (de hace pocos años) su rostro les ha resultado familiar. No obstante, aunque marcado en toda una generación de telespectadores infantiles por aquel personaje, Juan Ramón siguió actuando y preparando obras para la sala de teatro madrileña Tribueñe, que el mismo fundó, hasta que la enfermedad no le permitió continuar. Con su última interpretación en El Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte entre los años 2005 y 2006, ganó el premio Valle Inclán de Teatro y durante su carrera también llegó a realizar incursiones cinematográficas, incluida una en Matador (1985) de Pedro Almodóvar.
Pese a todo, su público más fiel, el que fue niño durante la década de los 80 y que lo seguía entonces por la tele, al crecer fue el primero en desacreditarlo (como siempre ha sucedido, la madurez se sustenta en destrozar la infancia) y durante años se corrió el rumor de que había muerto yonqui (por la mítica coña de su actividad camuflada como camello en Barrio Sésamo, por la harina y todo eso). Finalmente su muerte ha sido muy distinta, pero lo que sí que sorprenderá a más de uno (aunque hoy por hoy creo que casi todo el mundo conoce este detalle) es que su viuda, la también actriz y dobladora Chelo Vivares, con la que compartió su vida desde los años 70, era la persona que daba vida al mítico Espinete en el programa. Y además fue ella quién animo a Juan Ramón a presentarse al casting del programa y a que aceptara el papel de Chema, que finalmente lo haría inmortal.
Así pues, hoy Espinete está más triste que nunca. Si ya hace años que lo echaron del barrio y, como pueden ver en el vídeo que les dejo más abajo, sus púas y la viveza de su color ya no son lo que eran, ahora se ha quedado sin su gran amigo, en realidad su compañero, su gran amor: Juan Ramón Sánchez, Chema para los amigos.
Si están por Madrid, no dejen de acudir a la sala Tribueñe donde estos días Chelo sigue interpretando la obra Por los ojos de Raquel Meyer en homenaje suyo, y no dejen tampoco de decirle lo mucho que significaron ambos para su infancia (miren sino cómo he salido yo gracias a ellos).
El tutubo que les dejo es de las navidades del 2006 y corresponde a la celebración de los 50 años de TVE con un Especial Infantil. En él se producía el reencuentro entre algunos de los personajes más míticos de aquel programa, lo que supuso al mismo tiempo la última vez que pudimos ver juntos, en su despedida realmente, a Espinete y Chema. A mí me emociona, lo digo en serio. Descanse en paz.
24 de marzo de 2008
MIRANDO LAS ESTRELLAS: Arthur C. Clarke (1917-2008)
Espero que como un Centinela siga reposando su mirada en la humanidad desde el espacio. El cine, qué duda cabe, le debe a este Star Child del siglo XX uno de sus capítulos más gloriosos.
Ahora sí podemos estar seguros que hay alguien ahí fuera.
27 de febrero de 2008
COLECCIÓN DE CROMOS: Homenaje a John Alvin (1948-2008)
He tardado tres semanas en enterarme, pero eso no ha evitado el Shock que me ha producido la noticia. John Alvin ha muerto el pasado 6 de febrero a los 59 años de edad. ¿Que quién era John Alvin? Pues el encargado de abrir esta sección (de una manera trágica) en la que se darán cita algunas de las obras de arte más apreciadas por El Guardián de este Ático: los posters cinematográficos. Como muestra del genio del que sin duda ha sido uno de los más grandes creadores de esta difícil disciplina artística, vaya una corta ráfaga de sus principales obras maestras.
No, no; no cierren la boca todavía. Este maestro del arte del dibujo no se contentó con crear estos 4 inolvidables carteles, que por sí solos ya le habrían dado un lugar en el Olimpo de los más grandes; sino que su trabajo fue enormemente bello, icónico y reconocible durante la totalidad de su carrera.
Empezó dibujando carteles para Mel Brooks, casi por casualidad, siendo su primera obra la portada de Sillas de montar calientes (1974); pero a partir de aquí ya no pararía y sería llamado por los más grandes de la industria. Junto a contemporáneos suyos como Drew Struzan (el único que aún sigue vivo de aquella generación de oro) y resistentes de la vieja guardia como Richard Amsel o Bob Peak, dominaría gráficamente las décadas de los 70, 80 e incluso 90. Sus portadas pueblan mi infancia y mi juventud y llevaron el arte del cartelismo a una de las más grandes cimas que ha alcanzado en su corta historia.
A continuación les dejo con una extensa selección de su trabajo, que abarca todas sus etapas, y que en su conjunto no puede provocar más que admiración. Algunos de sus carteles decoran o han decorado este Ático que habito (el de El Jorobado de Notre Dame (1996) vela mis sueños), y todos son una muestra de un arte que se ha ido perdiendo a marchas forzadas en las últimas décadas (si no se ha perdido ya), a causa fundamentalmente de la generalización en los 80 del uso de fotografías en los carteles y más adelante por la facilidad, abaratamiento y rapidez conseguidos en el diseño gráfico por ordenador.
Pero la magia de la pincelada y del trazo de John Alvin, su dominio del color y de la composición y, sobre todo, su excelente intuición para captar el alma de cada película y condensarla en una sola imagen, siguen vivas en su obra. Sus posters no solo sirven de introducción a los filmes que representan, sino que, en no pocos casos, derrochan más talento y arte que todo el que debería estar contenido en dichos filmes. Desde este Ático en las alturas le tendremos reservado permanentemente un hueco en la mesa. Descanse en paz.
Su etapa durante los 90 en la Disney es de las más importantes de toda su carrera. Con ella ayudó a reformular de forma innegable el toque de distinción de los productos de la compañía para toda una nueva generación de espectadores.
También se encargó de elaborar las nuevas imágenes que ilustrarían la reedición internacional en 1995 para el mercado de vídeo doméstico de la trilogía de La Guerra de las Galaxias.
Bonus Track: de regalo, un par de dibujos que realizó en sus últimos años conmemorando dos de las películas fundamentales para este Guardian: Matar un Ruiseñor (1962) y El Mago de Oz (1939).
Si os han gustado estos cromos, no dejéis de pasar por aquí para conocer más a fondo a su difunto autor y descubrir aún más muestras de su arte, incluyendo una amplia variedad de pinturas originales.





















































































