8 de abril de 2009

1001 CONEJOS BLANCOS (1): Alice’s Adventures in Wonderland (1972)


Las Aventuras de Alicia

UK

Dirección: William Sterling

Guión: William Sterling, basado en la novela de Lewis Carroll









Speak roughly to your little boy, and beat him when he sneezes.
He only does it to annoy, because he knows it teases.


Comenzamos el recorrido por las distintas Alicias cinematográficas con una de las adaptaciones más populares en su día, aunque hoy esté bastante (y justamente) olvidada. Se trata además de una de las versiones más infantilizadas del relato. Me pararé un momento a desarrollar un poco más el concepto de infantil de esta cinta, pues no debemos olvidar que la novela de Carroll también estaba destinada en un principio a este público. Pero dónde éste trataba a los niños como seres inteligentes, curiosos, imaginativos y con gran capacidad para el absurdo (añadiéndole a todo esto no poco sentido didáctico), William Sterling, en su doble faceta de guionista y director, reduce todas esas cualidades a una almibarada, cursi, visualmente bastante cutre y un poco tonta adaptación, que puede servir como buen ejemplo del concepto de fidelidad mal entendida.



A un nivel argumental, se trata de una de las plasmaciones más literales y completas del primero de los dos libros de Alicia, a la que sólo le faltan algunos fragmentos poco importantes, y uno sólo decisivo (el encuentro con el gato), que fue filmado y misteriosamente descartado. Del segundo libro tan sólo añade el segmento de Tweedledee y Tweedledum, y como novedad contiene un comienzo y una conclusión que ilustran (muy pobremente) la excursión real en la que participaron Lewis Carroll Y Alice Liddell, y en la que se germinó buena parte del primero de los dos libros. Por otra parte, aparecen muchos diálogos extraídos literalmente de la novela y también algunos de sus extravagantes poemas (convertidos, eso sí, en canciones). Pero todo ello no ha de servir para etiquetar este film en lo más mínimo como una adaptación fiel.



Para empezar, el tono es el erróneo en casi todo momento. La película no sólo luce una pasmosa falta de personalidad y de alma (lo más que intuimos es una marcada tendencia al pastelismo en su traductor cinematográfico), sino que está yerma de emoción y de conmoción, así como del sentido de la maravilla del original. Sus pobres valores de producción no ayudan tampoco a que nos sintamos realmente en el país de las maravillas, ya que en ningún momento pueden desprenderse del tufillo a teatrales o a producción barata para la televisión. Los decorados aparecen repletos de tonos pastel y de acabados planos y acartonados, queriendo imitar el look de El mago de Oz (1939), pero quedándose muy lejos de conseguirlo.



No contribuye tampoco al conjunto un casting pleno de estrellas británicas de la época (la mayoría televisivas), pero sepultadas bajo pijamas peludos y horrendos maquillajes del ilustre (aunque aquí terrible) Stuart Freeborn, y dejados libres sin la menor dirección; lo que causa que cada actuación sea de su padre y de su madre, con gran tendencia (como no) al histrionismo y al subrayado. Algunos actores están además muy desaprovechados, como Peter Sellers en el papel de la Liebre de Marzo, y otros son directamente malos o erróneos, comenzando por la propia protagonista, Fiona Fullerton, demasiado mayor para el papel (el personaje de Alicia es el de una niña pequeña de unos 7 u 8 años, no el de una adolescente) y que se esfuerza por resultar especialmente antipática y muy forzadamente infantil. El hecho de que recuerde demasiado a la insoportable Kirsten Dunst, tampoco me facilita el cogerle simpatía.



Por otro lado, aunque la música del gran John Barry tiene momentos muy inspirados, de una languidez y melancolía no ajenas a la obra original, el convertir la película en un musical de intermitentes canciones, poco o nada logradas, y tan edulcoradamente interpretadas que podrían hacer palidecer a Sonrisas y Lágrimas (1965), acentúan un problema de ritmo (heredado en parte del episódico origen literario) que hace que la hora y media que dura el film discurra lenta y bastante mal engrasada.



La acidez, el potencial peligro y, porque no, la locura que dominaban la obra original, son sustituidos por una blandenguería y un sentido del ridículo mal entendidos (muchos de los bailes son para agachar la cabeza o para ponerlos en un altar junto a los mejores momentos de las películas de Parchís). Un buen ejemplo sería la deconstrucción llevada a cabo aquí del episodio de la hora del té, despojado de todos sus matices perversos y desequilibrados, y destrozado así sin remedio. Puede que esta infantilización funcionara entre los niños de su tiempo, o incluso en los nacidos en la década de los 80, pero los infantes de hoy en día muy probablemente engrosarán las filas de los desertores a los pocos minutos de comenzar.



No obstante, el espectador paciente y entregado a la exploración de todos los mundos Carrollianos, podrá ver en muchos de los defectos de esta cinta sus mejores virtudes, pues no en vano la película atesora sus elementos más identificativos y destacables en su particular esfuerzo por la literalidad y la fría fidelidad. También han de servir como valores positivos a rescatar de esta adaptación, la violenta secuencia que transcurre en el interior de la casa de la Duquesa, dónde tanto ésta/éste como su demente cocinera dejan un recuerdo indeleble (y sirven para señalar el camino que debería haber seguido el resto de la cinta); el que algunas de las canciones con poemas de Carroll funcionen bastante bien (especialmente Will you walk a little faster? o la dual The last Word is mine); o que el tono de ensoñación de parte de la cinta no esté exento de encanto. Puede que no sea del gusto de todos los paladares, pero no se le puede negar cierta capacidad para permanecer en la memoria del espectador, aunque sea muchas veces por los motivos equivocados.





Las Claves del Caso


Pericia Criminal: la obra de Lewis Carroll es tan maleable que permite casi cualquier tipo de aproximación, incluso una tan banal, antigua y poco inspirada como ésta. Le salva lo diferente que resulta de otras adaptaciones, y un aspecto lánguido y recio, muy británico, y con algunas cualidades ensoñadoras. El episodio en casa de la Duquesa, y sobre todo la interpretación salvaje en esta secuencia de la cocinera, es sin duda la perla a conservar de la película.




Fidelidad Carolliana: Aunque falta el encuentro de Alicia con el perro gigante, el episodio con el pájaro en el nido que sigue inmediatamente al de la oruga y sobre todo el encuentro con el gato de Cheshire, se puede decir que la película ilustra todos los capítulos de la primera novela y le añade el casi inevitable de Tweedledee y Tweedledum de la segunda. Por lo tanto es muy fiel a la letra, aunque, como he intentado explicar, no tanto al espíritu.




Pistas Delatoras: llevar la novela de Carroll hacia algo que parece anticipar a los Teletubbies (1997/2001) y que tampoco desentonaría entre las primeras películas de Shirley Temple, o con Verano Azul (1981/82), puede ser una buena manera de llamar la atención, pero no es la mejor forma de reflejar el inigualable universo de su autor. Además, el que la protagonista sea un error de casting mayúsculo y que esto no nos permita enpatizar con ella, sumado a las infinitas canciones, hace que la travesía se vuelva un reto sólo apto para los marineros más curtidos.




5 Pisos y media escalera

3 de abril de 2009

WE LIVED AMONG THE PEOPLE: los créditos


La estampa bucólica de un petirrojo acompañada de las primeras notas del inolvidable tema central escrito para Twin Peaks por Angelo Badalamenti, fueron la puerta de entrada para los espectadores de todo el mundo a un nuevo universo, un capítulo aparte en la historia de la televisión destinado a cambiar este medio para siempre. Teniendo en cuenta que la serie se sitúa cronológicamente en la filmografía de David Lynch tras su imprescindible película Terciopelo azul (1986), resulta fácil ver en el petirrojo un guiño con el final de esta cinta, en la que otro petirrojo se comía una cucaracha. También es obvia su simbología, conociendo ese dato, con el trasfondo que mueve toda la serie: por muy limpio y puro que sea algo en sus superficie, solo hace falta rascar lo suficiente, entrar lo bastante adentro, para descubrir la suciedad que esconde en su interior.







De la misma manera, los planos posteriores de la serrería Packard y del Hotel del Gran Norte con su cascada nos presentan dos de los lugares principales dónde va a desarrollarse la serie, y tanto las imágenes de las chispas que las máquinas hacen saltar a su contacto con el metal como las aguas que fluyen tranquilas en el río, pueden verse fácilmente como cargadas simbológicamente de violencia y muerte, pese a su belleza y serenidad. El agua además será la encargada de abrir la trama de la serie de par en par y estará muy vinculada a ella y a la película-precuela posterior.







Pero toda las explicaciones y el sentido que le podamos sacar a estos créditos, palidecen frente a su mayor virtud y la razón por la que aún hoy se encuentran entre los más grandes creados nunca para la pequeña pantalla, progenitores de una interminable descendencia de entradillas que llegan hasta nuestros días. Como en la práctica totalidad del cine de Lynch, la fusión de sus hipnóticas imágenes con la no menos hipnótica música nos sintoniza en la frecuencia adecuada para enfrentarnos a la serie. El lenguaje poético y absolutamente cinematográfico de este arranque asume la función del reloj del hipnotista y nos sumerge en un trance en él que todo es posible y en el que lo que vamos a contemplar no se nos va a olvidar con facilidad. Belleza, comedia, tristeza, romance, angustia y terror puro y duro nos esperan a un fundido de distancia. Si le pusiéramos una voz en off, veríamos que no muchas cosas lo separan de los créditos de Twilight Zone (1959/1964). Por favor, no intenten ajustar sus receptores. David Lynch controla la transmisión.


28 de marzo de 2009

WE LIVED AMONG THE PEOPLE: una introducción


¿Quién mató a Laura Palmer? ¿Quién no conoce este reclamo? Aunque si tuviera que escoger la frase que para mí siempre estará ligada a una de las más grandes obras maestras de la televisión (y el referente para la época dorada del medio que se está viviendo ahora mismo en Estados Unidos), ésta no sería una, sino las siguientes:

Through the darkness of future past, the magician longs to see.
One chants out between two worlds: "Fire Walk With Me".
We lived among the people — I think you say "convenience store"?
We lived above it. I mean it like it is, like it sounds.


Que en su adaptación española quedó tal que así:

En la oscuridad de un futuro pasado el mago quiso ver
una posibilidad para salir de entre dos mundos: fuego, camina conmigo.
Vivíamos entre la gente en un… ¿cómo dijiste? “almacén de oportunidades”.
Vivíamos encima. Quiero decirlo como suena.


Sí, ya sé que la parte más famosa es la primera (no en vano Fuego, camina conmigo dio nombre a la película-precuela de la serie), pero siempre he tenido una especial debilidad por la segunda; qué le vamos a hacer, soy rarito.

¿Y toda esta parrafada para qué? Para nada, realmente, o tal vez aquí esté el sentido real de este blog… Como me va tocando hacerles la competencia a la genial (aunque parece que difunta) Elitevision, pronto tendrán por aquí mi recorrido, capítulo a capítulo, por una serie que arrasó a su paso cambiándolo todo para siempre. Pocas hay como ella. Bienvenidos a Twin Peaks; tomen su café bien caliente y su porción de tarta de cerezas que ya empezamos. Me pregunto que habrá detrás de las cortinas rojas que decoran el pasillo de este Ático…


26 de marzo de 2009

GALERÍA DE ARTE: Las aventuras de Robinson Crusoe


Un hombre sólo y desesperado alzando una primitiva luz en la oscuridad frente a un horizonte infinito.

Puede que Las aventuras de Robinson Crusoe (1954) no se encuentre entre las mejores cintas de Buñuel, y sin duda no ha alcanzado la difusión de las más populares, pero la película tiene una larga cantidad de méritos que no le permiten ser desdeñada con tanta facilidad. No es el menor la excelente fotografía en color de Alex Phillips en Pathécolor, plena de saturación y de irrealidad, que permite que se consigan imágenes de la fuerza y la belleza de este grito de auxilio del naufrago, que en un momento de debilidad no puede soportar su soledad y abandona su firmeza en pos de la desesperación. Es una lástima que el resto de la cinta no siempre desprenda esa energía y a ratos peque un poco de comedida y analítica, aunque nadie puede poner en duda la lectura muy personal de Luis Buñuel en esta adaptación.

No estamos ante una mala película, aunque sí sea mejorable, pero no debemos de olvidar que ha habido muy pocas adaptaciones literales de esta novela, y que muy posiblemente la más canónica sea ésta de nuestro aragonés universal. Siendo su primera película escrita e interpretada en inglés, aunque rodada en México y con producción mexicana, sobresale como una rareza arrebatadora en una filmografía que está plena de ellas.

Buñuel pudo sentirse en muchos momentos de su vida como un naufrago, por lo que no resulta difícil adivinar los elementos que le llamaban y conmovían de esta gran historia.


Seems I’m not alone at being alone.
Hundred billion castaways, looking for a home.

22 de marzo de 2009

1001 CONEJOS BLANCOS (0): Alice’s Adventures under Ground


Arrancamos aquí al primer ciclo criminal de este Ático. ¿Y qué mejor para comenzar que una cumbre de la fantasía, el surrealismo y la infancia bien entendida? Además, puede servirnos este recorrido por el arte audiovisual referido a Alicia como un primer paso que nos permita comentar los diversos films que entran dentro del concepto de Al otro lado; ya sea del espejo, bajo tierra, en Oz o perdidos en el laberinto.



Con Las aventuras subterráneas de Alicia (1864), una primera novela manuscrita y dibujada por él mismo, por concienzuda insistencia de su amiga infante Alice Lidell (a quién le sería entregada), Lewis Carroll (Charles Lutwidge Dodgson para los no amigos), dio el disparo de salida a una de las aventuras más extraordinarias de la literatura de todos los tiempos. De una serie de cuentos para entretener a unas niñas en una tarde en el campo, a dos novelas que pondrían patas arriba el mundo literario desde su mismo momento de publicación: Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas (1866) y su segunda parte, A través del espejo y lo que Alicia encontró allí (1872).



El cine, no bien echó a andar, tuvo (y sigue teniendo) en estas dos obras un lugar constante en el que mirarse. Muchas son las adaptaciones que de las aventuras de Alicia (completas o en parte) se han realizado para los diversos medios audiovisuales, comenzando ya en 1903 y manteniendo su absoluta vigencia hasta nuestros días (no en vano Tim Burton tiene previsto el estreno de su particular versión en el 2010). Aunque intentar abarcarlas todas sería una tarea excesivamente complicada (incluso imposible por la desaparición de algunas de las adaptaciones más antiguas), tengo el propósito de ser lo más extenso posible. Por aquí pasarán, no solo las versiones más familiares y populares de los libros (empezando por la película de 1972, que ocupará nuestra primera entrega), sino que también tendrán espacio, como no podía ser de otra forma, las versiones más retorcidas o de relación más tangencial (ya en la segunda entrega tendremos el musical pornográfico del 76).



Demos pues paso a este primer ciclo. Prepárense a entrar en la madriguera del conejo y veremos lo que Alicia encontró allí. Sin duda, yo lo voy a disfrutar; espero que ustedes también.


16 de marzo de 2009

CRÍMENES LITERARIOS: Bajo la influencia


Un hermoso maletín de cirujano con un interior forrado en lo que podemos adivinar como terciopelo rojo, se abre ante nosotros y nos muestra pulcramente sus instrumentos de vivisección; un camino para analizar, descubrir y adentrarse en otras realidades, que no podía ser mejor puerta de acceso para un volumen cuyo subtítulo reza Libro de versiones, remezclas y otras formas de plagio.

Desde el principio se nos hace conscientes de que no estamos ante un libro de cuentos al uso; de hecho nada más lejos de cualquier idea previa que el lector se pudiera hacer en ese terreno. Si en algo es tremendamente eficaz esta obra, es en descolocarnos en todo momento de la manera más suave y dulce posible. No me había dado tanto placer andar perdido dentro de un libro, probablemente desde los tiempos de La historia interminable (1979).



La pluma de Daniel Miñano Valero no duda desde un primer instante en jugar a una meta-literatura, o mejor aún, a una deconstrucción literaria que es a la vez la del propio autor/personaje (las diferencias reales nunca se nos aclararan, ni nos debieran interesar) y la del proceso de escritura del propio libro. Pero esto, que podría traducirse a priori como una clara concesión a la modernidad y al atrevimiento de formas de un escritor novel, consigue llegar al lector con la sencillez de un mago que explica sus trucos con objetivos claramente didácticos. Por momentos, la experiencia de leer algunos pasajes del libro recuerda a los análisis que Hitchcock hacía sobre su propia obra, en cuanto ambos creadores nos detallan de manera precisa de dónde procede su inspiración y cuáles son las reglas del juego, sin que por ello el resultado de su trabajo se resienta.



En el caso que afecta a este libro, el principal desmembrado, el cabeza de turco, es la utopía de la originalidad. Toda la obra, así como buena parte de las reflexiones de su autor giran alrededor de este escurridizo concepto, tratando en todo momento de negarlo y hasta de justificarse ante sus propios relatos. Plantear el libro a la manera de un disco de versiones, que cuentan todas con un mismo intérprete, le permite reafirmar desde lo más básico una autoría fantasmal con rasgos muy marcados, pero que escapa a géneros, estilos y argumentos, logrando esfumarse entre los huecos de las palabras sin dejar por ello nunca de estar presente.

Tras la lectura completa del libro, el poso que éste deja son buena parte de sus cuentos y la gran capacidad de evocación que Miñano Valero logra transcribir al papel, gracias sobre todo a jugar a estirar la fina línea que separa realidad de ficción hasta hacerla, en sus momentos más logrados, casi indetectable. De esta forma, tras leer algunos de sus relatos, el lector siente la urgencia de agarrarse a las pistas concretas (¿y reales?) que el autor ha ido dejando en ellos, con el fin de confirmar que al menos parte de lo que ha leído es real o ha podido suceder: la magia, por tanto, de la mejor ficción.



Dentro de los cuentos hay dos estilos diferentes que se cruzan, no siempre con idéntica fortuna. Tenemos narraciones situadas en lugares y momentos lejanos, que parecen extraídas del folclore, de los mitos y las leyendas, junto a cuentos más cercanos en el tiempo o incluso situados en la contemporaneidad. Algunos de ellos, como El cabello o Cuerpo (éste, pese a su exceso de estilo), logran hablar de tú a tú con las historias milenarias, pero en otros casos , como en Cementerio de Montjuic o (el muy logrado aunque un poco ajeno al resto) La historia de los Williamson, con el que se cierra el libro, la unión acaba siendo más forzada, salvándose más por su simpatía con la parte actual, que hace de puente entre los relatos, que por su coherencia con el conjunto de éstos. Consecuencia lógica del riesgo de navegar entre dos aguas.



Todo su esqueleto contemporáneo y lo que se adivina como derivaciones autorreferenciales (sí, lo sé, he dicho la palabra maldita), así como el recorrido por los diferentes referentes culturales de su autor (especialmente en el terreno literario y musical), salpican el conjunto del libro, logrando, no obstante, intercalarse fluidamente en la lectura de los cuentos, e incluso acercarse al ideal romántico que el autor persigue en estos últimos (no por ello sin caer en algunos excesos). Es cierto que ayuda mucho a esta impresión final el último capítulo del libro, que cómo he dicho es el que contiene uno de los cuentos más alejados del espíritu del conjunto, pero también es el que acaba por hermanar sus dos mundos casi antitéticos.



Pero si bien al libro se le pueden poner pegas en la consecución de sus objetivos como obra global y como tratado creativo sobre el origen de las ideas, es mucho más difícil encontrárselas en la plasmación en forma de relatos de esta apuesta. No sólo formalmente es un volumen rico en matices, de prosa trabajada pero de lectura fácil, enriquecido con múltiples conocimientos de las más alejadas fuentes (religiosas, filosóficas, biológicas, antropológicas; nada escapa a la sed de saber que embarga al autor), sino que además descubre un más que potencial escritor en lo que resulta sin duda la más grande y placentera revelación del libro: la extraordinaria facilidad de Daniel Miñano para mimetizarse con las reglas básicas de la narración de los relatos primigenios.

Pareciera que es por ese camino del análisis y la reflexión de autores y relatos por el que ha sabido destilar el secreto de la narratividad, pero sólo es necesario leer una vez cuentos de la sensibilidad, delicadeza y deseo de inmortalidad de El cabello, Leyenda del hombre olvidado, La extraña historia del séptimo hijo de Dunia y Huhhu o El circo y la doncella, para darnos cuenta que hay mucho más que imitación en lo que cuesta aceptar como primeros balbuceos de este escritor.



A esta sensación de pureza y universalidad ayuda mucho el que nos hallemos ante una apuesta difícil de encontrar en nuestros días, como es la de un libro de relatos ilustrado, alejado del mercado infantil y juvenil. Aquí la comunión del texto con las bellísimas y evocadoras ilustraciones de Silvia Cuello no podía ser más perfecta, lo que nos hace retrotraernos a la sensación irrepetible de las primeras lecturas iniciáticas. Es por ello que la unión de forma y fondo utilizada en la búsqueda del perfecto libro de cuentos para adultos, se rebela de un acierto emocionante.

El lector atento no debería dejar de detenerse en piezas de escritura perfectamente construidas como El informe Kanzuke, con su regusto ciber-punk y el siguiente comienzo, literariamente demoledor:


Su Tokio aún es una gran ciudad, capital de la isla de Japón, situada en la tierra a una latitud de 35,42° Norte y una longitud de 139,46° Este. La inmensa metrópoli, vista desde el cielo, describe una espiral perfecta. En el brazo derecho de esa espiral, entre cientos de calles y laberintos, existe un callejón perdido, donde vive, aislado del mundo, Takeshi Kanzuke.


También en la relectura no buscada de The Midwich Cuckoos (1957) llevada a cabo en Edgardo Salmerón Loza, en la narrativa victoriana de asesinatos misteriosos que aparece en La historia de los Williamson, en el mecanismo de relojería literario que encierra la segunda versión de Vida y muerte de Eduardo de Saavedra, y todo esto sin olvidar los pequeños y encantadores cuentos de una o dos páginas que se despliegan por todo el libro.



Pero más allá de sus fortalezas y de sus debilidades, esta primer obra de Daniel Miñano Valero nos sirve para descubrir a un escritor con un estilo e intereses, que pese a tratarse de su opera prima, se revelan como ricos y elaborados; con un universo tan personal como universal, y con algunas fijaciones (sobre el tiempo, el amor entendido como sacrificio o las reglas de la creación y el sentido que tiene el hombre dentro de ellas) que prometen deparar grandes obras futuras, intuidas fácilmente bajo los sorprendentes pasos firmes del presente debut.



Nota: los dibujos que acompañan este texto son bocetos a lápiz inéditos (excepto el cuadro que pueden ver a continuación, que significó el origen de la colaboración entre Daniel y Silvia) y descartados para el libro final por diversos motivos (principalmente por problemas de tiempo), que si bien no muestran el refinamiento de las ilustraciones a tinta que podemos encontrar en él, conservan intacta la fuerza del trazo, del motivo y del encuadre que hace que todos ellos resulten tan fascinantes. Desde aquí, agradecer a su autora, Silvia Cuello, el haberme dado permiso para utilizarlos para vestir esta entrada.


12 de marzo de 2009

CRÍMENES LITERARIOS: Bajo la influencia (avance)



...Juana se despertó con el cuerpo en calma, pero descubriendo rápidamente, con el terror en las manos, que su cabellera había crecido por la noche, escapando por la ventana de su habitación...


Aún estoy devorando con pasión este estupendo libro y preparando su próxima reseña, pero no quería dejar pasar más tiempo sin ofrecerles un adelanto en forma de alguna de sus ilustraciones (¡sí!, además de bueno, es un libro ILUSTRADO) y de algún fragmento. Si quieren leer uno de los cuentos completos (¡sí!, es un libro de RELATOS) lo pueden hacer aquí o aquí y si confían a ciegas en mi palabra y desean comprarlo, por internet se lo pueden pillar aquí y aquí y muy pronto también en Fnacs, Casas del Libro y librerías especializadas (su auténtico hogar).

Su autor, Daniel Miñano Valero (también conocido como Terry William), y su ilustradora Silvia Cuello, son dos vecinos ilustres de esta casa. Más aún, son dos de esas personas creativas que uno desea tener cerca el mayor tiempo posible, para poder empaparse un poquito de su genio. Para mí será un placer ver como el mundo les descubre, y desde este ático no dejaré pasar la oportunidad de poder aportar mi granito de arena en este empeño. Sí, son grandes amigos, no obstante mi reseña tratará de ser lo más imparcial posible (si es que eso existe). Mientras tanto vayan abriendo boca con este adelanto y luego me cuentan que les sugiere. ¡Espero comentarios!




...de las aguas de la orilla contraria nacía una mujer desnuda, cubierta por una venda de seda azul que cerraba sus ojos.




Se vestía de mujer y se sentaba en el diminuto taburete de los enanos, apoyado en el hierro frío, hablando y riendo sin pausa; como nunca antes, ninguno de los dos, había hablado o reído.