Ha sucedido todo muy deprisa y aún no sé muy bien cómo me voy a organizar, pero las primeras consecuencias ya van tomando forma, así que es hora de que lo anuncie por aquí.
Desde ayer he pasado a formar parte como colaborador de la web Scifiworld. Esto por si sólo es una buena noticia y no tendría más consecuencias, pero en mi caso trae aparejado cambios importantes con respecto a este blog. Mi ritmo de publicación aquí siempre ha sido bastante espaciado, debido sobre todo a las múltiples actividades en que ando metido, que me quitan mucho tiempo. El caso es que con Scifiworld se abren buenas posibilidades, la web me gusta y creo que podría llegar a más público que con éste humilde blog. No querría dejar Los Crímenes de lado, pero sé que me sería imposible escribir comentarios tan amplios como los que ahora escribo para ambos sitios, por lo que de momento he decidido hacer un traslado de contenidos a la nueva web y seguir publicando los ciclos que había comenzado aquí allí. Esto no va a implicar nada respecto a lo que ya está escrito en el blog. Las entradas van a continuar y los comentarios también y el blog no se va a cerrar.
Por supuesto, el colgar material que ya había escrito para Los Crímenes en la nueva web ha sido decisión totalmente mía, ya que me ha parecido que podrían darse a conocer a más gente, y además, si quería seguir publicando los nuevos artículos de los ciclos allí, tenía lógicamente que volver a colgar los primeros que había escrito en su web para que la cosa no fuese caótica.
Tengo que decir que su página está muy bien, sobre todo en lo que respecta a noticias del género fantástico, ya que los artículos y comentarios de películas son escasos, pero eso es algo que quieren cambiar y yo estoy dispuesto a ayudarles. La llevo siguiendo desde los tiempos en que publicaban su primera revista electrónica, y, por si alguien no lo sabe, en estos momentos son la única publicación impresa española profesional y mensual dedicada íntegramente al cine fantástico (fanzines aparte, por su puesto).
Por allí me tendréis, desde ya mismo, en la sección de artículos y publicando como El Guardián. Eso sí, intentaré que el blog no se muera y seguir publicando por aquí el resto de secciones que no eran de análisis de películas y que allí no tendrían cabida. Además de que, como avisaré de la publicación en Scifiworld de los análisis nuevos que vaya posteando (de momento estoy remaquetando y resubiendo viejos artículos), si quisierais hacer comentarios y por la razón que fuera no quisierais dejarlos en la nueva web, podréis seguir haciéndolos aquí y yo seguiré respondiéndolos. En sí intentaré que el cambio sea lo menos brusco posible.
No sé que tal funcionará la cosa, espero que bien, y también espero que los que me habéis estado leyendo aquí (no sois muchos, pero sí muy fieles), me sigáis en esta nueva etapa.
Ya sabeis que los comentarios están abiertos para escuchar vuestras quejas, sugerencias o improperios, si los considerais necesarios.
Y recordad: esto no es un adiós, sólo un hasta pronto (hasta tan pronto que yo ni siquiera he parado de escribir aún).
PD: poco más de un año después del último Articuento de Millás que me fascinó, hoy lo ha vuelto a hacer. Impresionante.
8 de mayo de 2009
Cambios... Mudanzas... Tomorrow never knows!
3 de mayo de 2009
WE LIVED AMONG THE PEOPLE: Episodio 2 - Zen, una habilidad para cazar a un asesino
Dirección: David Lynch / Guión: Mark Frost y David Lynch
El Hombre de Otro Lugar: Where we're from, the birds sing a pretty song and there's always music in the air.
El 19 de abril de 1990, los telespectadores de Estados Unidos que sintonizaron esa noche la CBS pudieron vivir un momento irrepetible en la historia del medio de las ondas hertzianas, que hoy, casi 20 años después, sigue pareciendo muy difícil de superar.
Twin Peaks ya había entregado dos entregas (contando su episodio piloto) y con eso ya le había bastado para hacer historia. Lo que Lynch y Frost aportaron a la televisión, simplemente con el episodio piloto, sigue siendo el caldo de cultivo de casi todas las series contemporáneas, pero la imagen que aún hoy el público conserva de Twin Peaks, aún cuando la hayan visto hace mucho tiempo o conozcan poco de ella, quedó grabada a fuego en este episodio. Si la serie parecía que ya había establecido todos sus cimientos en su arranque, Lynch se encargo de rehacerlos, ampliarlos y superarlos tan sólo dos episodios después, convirtiendo Twin Peaks en algo completamente insospechado, que aún hoy mantiene casi toda su pegada inicial, aunque hace falta hacer un esfuerzo de ponernos en situación temporal, para entender lo que este capítulo (y sobre todo su final) significó para el espectador de entonces. Habría que remontarse seguramente a lo que Alfred Hitchcock había llevado a cabo tres décadas antes en el campo cinematográfico con Psicosis (1960), para entender el shock, la estupefacción, el riesgo y la capacidad perturbadora, que esta obra maestra de apenas 45 minutos supuso en su día.
Lo cierto es que el capítulo arranca fuerte desde su primer plano (un plano fijo de una cena en casa de Benjamin Horne, sostenido durante todo un largo minuto) y a los pocos instantes da buena cuenta de su inigualable y personalísimo humor, con un chiste sexual de dudoso gusto, en el que se compara el olor de un bocadillo francés de queso brie y mantequilla con el olor del sexo de una amante común de los hermanos Horne (nótese el parecido del apellido familiar con la palabra inglesa horney –vulgarmente, caliente-). Aquí podemos ver también la revisión y mejora de la secuencia del capítulo anterior en la que Lucy hablaba con la boca llena, siendo aquí Benjamin Horne el que se llena la boca al máximo con el bocadillo y suelta una serie de frases casi ininteligibles, antes de que los dos hermanos se pongan cachondos y decidan visitar el prostíbulo Jack el Tuerto. Jerry, el hermano pequeño de Ben, hace así su primera aparición, regresando de su viaje por Paris y presentándose rápidamente como un nuevo personaje muy peculiar en el universo Peaks. Ya en el casino-burdel, situado en territorio canadiense muy cerca de la frontera, descubrimos un nuevo detalle importante en la trama: la mayoría de chicas que trabajan allí, aparte de ser peligrosamente jóvenes, tienen en común haber trabajado antes en la sección de perfumería de los almacenes propiedad del propio Benjamin Horne.
Por otro lado, en una secuencia con una extraordinaria y aterradora fotografía nocturna muy propia de Lynch, somos testigos del encuentro en el bosque entre Bobby Briggs y Mike con Leo Johnson y un misterioso individuo oculto en las sombras, del que no se desvelará su identidad en ningún momento de la serie, aunque puede llegar a deducirse quién es después de ver ésta y la película precuela. Leo amenaza a los dos jóvenes de muerte si no le entregan el dinero que le deben de sus trapicheos con drogas, y que está retenido en una caja de seguridad que tenía en el banco la difunta Laura Palmer.
Pero es unas pocas secuencias después, cuando asistimos a uno de los momentos más inolvidables y parodiados de Twin Peaks, y en el que por primera vez se ponen de manifiesto las cualidades metafísicas y la creencia y confianza en el mundo paranormal del agente Cooper, que pasará a utilizar estos elementos como una parte clave en la investigación y esclarecimiento del asesinato de Laura Palmer y del resto de los misterios del lugar. Tras una breve pero muy completa explicación sobre la región del Tíbet y sobre la influencia que las enseñanzas del Dalai Lama han tenido en su forma de investigar, Cooper se dispone a llevar a la práctica esas enseñanzas, ante el asombro y perplejidad del Sheriff Truman y sus ayudantes, lanzando una piedra a una botella situada a lo lejos, tras oír los diversos nombres de sospechosos que empiecen con la letra J (que Laura escribió en la última entrada de su diario) y señalando su posible implicación en el asesinato según la piedra llegue a tocar la botella, falle el lanzamiento o la rompa. Aunque al pronunciar el nombre del Doctor Jacoby la piedra toca la botella, es con el nombre de Leo Johnson con el que Cooper la hace añicos.
Esta secuencia probablemente habría sido suficiente para convertir al episodio en un momento único de la televisión americana, pero el capítulo aún tenía mucho que entregar. Porque en esta entrega también hacen su primera aparición otros elementos unidos inseparablemente al universo Twin Peaks, como la telenovela Invitación al amor, que para muchos fans se llego a convertir en un misterio tan importante como el del asesino de Laura Palmer, aunque desgraciadamente fue desechada con demasiada rapidez. También aparece un nuevo personaje extraordinario, que viene a llenar el tercer vértice de poder del triangulo encabezado por Cooper y Truman, Albert Rosenfield, especialista forense del FBI, de malas pulgas, pocos amigos y lengua vitriólica, que aparece como una exhalación en la jefatura de policía acompañado de sus ayudantes y poniendo patas arriba el lugar y especialmente a Lucy, hasta que Truman lo coloca en su sitio en uno de los mejores momentos del episodio; lo que hace disfrutar como un niño a un encantado agente Cooper.
Antes de alcanzar su avasallador final, el episodio aún tiene tiempo para detenerse en otros detalles de los habitantes del pueblo que serán de gran importancia en posteriores episodios: Nadine se enfada con Ed por ensuciar sus rieles para las cortinas (y da los primeros síntomas de una fuerza que habría que calificar como sobrehumana), para unos momentos después abrazarle con locura, ya que gracias a él ahora sus cortinas son completamente silenciosas. Josie, por otro lado, encuentra, con la complicidad de Pete, la doble contabilidad que Catherine está llevando en la serrería, y lo que es más importante, Leland Palmer da su primer síntoma de locura, en otra secuencia de una fuerza extraordinaria, en la que se pone a bailar con el retrato de su hija fallecida, chillando enloquecidamente, hasta que Sarah se lo arrebata, haciendo añicos el cristal y cortando a su marido, el cual termina esparciendo su sangre entre llantos sobre la fotografía, en una de las imágenes más perturbadoras del episodio.
Momentos de humor extraordinarios e inesperados como Cooper tocando un silbato al entrar en su habitación o pellizcando la nariz de Truman, Lucy leyendo un libro sobre el Tíbet tras la explicación dada por Cooper, Andy recibiendo una pedrada en plena frente, Cooper escupiendo un café que le acaban de servir por considerarlo extraordinario (mientras se sitúa al lado de una enorme mesa repleta de donuts), o los ya comentados en párrafos anteriores, se mezclan magistralmente con otros de gran romanticismo (como el nuevo aparte entre Donna y James) o de gran poder hipnótico, como el momento en que Audrey se pone a bailar en el café al ritmo de su tema que suena en el Jukebox (y que tendrá no pocas conexiones con el final del episodio), los otros momentos que ya he ido comentando, y sobre todo el propio final.
El agente Cooper termina un nuevo día de investigación y procede a acostarse, momento que Lynch aprovecha para desplegar todo su universo y su mejor capacidad para el desconcierto y la descolocación del espectador, reciclando buena parte del material rodado para el final europeo del episodio piloto. Pocas veces Lynch ha dado en la diana de lo irracional, lo perturbador y el poder surrealista de las imágenes soñadas, como en la secuencia de La Habitación Roja de este episodio. No resulta descabellado afirmar, que en este segundo episodio de Twin Peaks se encuentra la secuencia más íntimamente ligada al universo y la personalidad de su autor, y al mismo tiempo la más reconocible por todo tipo de público como más eminentemente Lynchiana.
Estos últimos diez minutos contienen la primera presentación clara de los personajes de Mike, el hombre manco (que recita el poema escrito por el propio Lynch, que abrió el primer artículo en este blog sobre la serie, y que es por derecho propio otro de los iconos insustituibles del universo Peaks), y de Killer BOB, que dan algunas pistas sobre su pasado, su propia esencia y sus intenciones. También presenta a uno de los habitantes de La Habitación Roja, y probablemente el personaje más ligado a la iconografía de la serie junto al propio agente Cooper o Laura Palmer: El Hombre de Otro Lugar. Un enano vestido de rojo, con expresión alucinada y tendencia fácil para el baile, que además se mueve y habla de manera incómodamente inhumana, gracias a la extraordinaria técnica utilizada por Lynch para filmar la secuencia, haciendo a los actores realizar sus movimientos y decir sus frases al revés, teniendo que aprendérselas fonéticamente, para luego reproducir lo gravado en sentido contrario, creando ese característico y desestabilizador efecto que las secuencias en este espacio contienen.
También en La Habitación Roja hace su aparición la que se presenta como prima de El Hombre de Otro Lugar, que es idéntica a Laura Palmer, y que le dice al agente Cooper al oído quién es su asesino, momento en que Cooper despierta y, con un peinado Tomahawk que nos recuerda que Lynch nunca deja de lado el humor (ni en los momentos más imposibles), corre presuroso a llamar al Sheriff para darle la noticia de que ya conoce al asesino de Laura Palmer, pero que se lo dirá por la mañana, porque la cosa puede esperar. Finalmente, Cooper se queda siguiendo con los dedos la melodía que hemos escuchado en la habitación roja y con la que discurren los créditos del episodio, sorprendentemente con el fondo de El Hombre de Otro Lugar bailando (de manera idéntica al final europeo del episodio piloto) y no con el retrato de Laura Palmer; siendo ésta una de las escasas ocasiones en que esto ocurrirá en toda la serie.
La extraordinaria música de Badalamenti para la secuencia final, debe hacernos conscientes de la importancia musical de todo el episodio y de cómo Lynch y el propio Badalamenti juegan sutilmente a ir introduciendo durante todo éste variaciones a los temas de la serie que el espectador ya va conociendo, destacando momentos de fuerza arrolladora como la música que acompaña al momento de amor entre Donna y James o Leland llorando ante el retrato ensangrentado de su hija, con otra nueva variación musical impresionante.
Sencillamente, el episodio indiscutiblemente más importante de toda la serie y el alma de Twin Peaks.
Souvenirs de Twin Peaks
Cafeína y tarta de cerezas - si bien algunos episodios contienen algunas secuencias que destacan especialmente por encima de las otras, eso no ocurre nunca con los dirigidos por Lynch (qué hubiera sido de la serie de haber sido dirigida en su integridad por él, es algo que resulta imposible tan siquiera de imaginar). Es por eso que aunque la elección de la secuencia de La Habitación Roja o el poema de Mike resulten inevitables, no creo poder hacer distinciones entre unos momentos y otros en un capítulo que es en su totalidad completamente inolvidable.
La habitación roja - como ya he detallado, la aparición de lo paranormal entra en este episodio como una exhalación, con una fuerza que ya no va a abandonar en toda la serie. Los métodos intuitivo-metafísicos con los que Cooper aborda la investigación y todo el sueño de Cooper, marcan el ideario fantástico-terrorífico por el que va a moverse la serie a partir de ahora. Ya nada volverá a ser lo mismo en el medio televisivo americano.
10 Pisos
22 de abril de 2009
1001 CONEJOS BLANCOS (2): Alice in Wonderland (1976)

Alicia en el país de las pornomaravillas
USA
Dirección: Bud Townsend
Guión: Bucky Searles (basado en los libros de Alicia de Lewis Carroll)
El conejo blanco: She's embarassed - I think she's still a virgin.
El sombrerero loco: Well, she SHOULD be embarassed!
La idea de llevar las aventuras de Alicia a terrenos sexuales es de las primeras que cualquier lector podría tener al acercarse a la obra, puesto que en ésta, aunque la simbología sexual no sea del todo evidente, si lo es su cualidad como libro de paso, siendo indiscutiblemente uno de los mejores ejemplos del descubrimiento por parte de una niña del mundo extraño y amenazador de los adultos. Es por ello que la existencia de una versión pornográfica de las aventuras de Alicia, era algo que debía suceder más pronto que tarde.
Es una suerte que esto ocurriera en los años 70, una década en la que, como veremos más adelante, aún existían profesionales esforzados en tomarse en serio una película pornográfica, sin pretender con ello cambiar artísticamente el concepto y la finalidad de este subgénero, pero sí permitiendo al espectador seguir la película con interés, más allá de los encuentros sexuales. Aunque los productores no llegaron tan lejos como para atreverse a hacer una película que respetara la edad de la protagonista de las novelas, la decisión de trasladar el cambio biológico de una niña que está a punto de empezar a ser mujer a una joven virgen de veintipocos que se ve obligada a enfrentarse de cara a una sexualidad reprimida por las convenciones que le impone una puritana sociedad, funciona extraordinariamente bien.
Ayuda mucho a que esto sea así, el acierto total de casting que resulta que el papel de Alicia lo asuma la debutante Kristine DeBell, que aunque fuera escogida por el morbo de haber sido portada de Playboy, muestra correctas dotes interpretativas y una ternura y candidez innatas, que no sólo le vendrían estupendamente para este personajes, sino que también le permitirían tener posteriormente una discreta pero respetable carrera como actriz normal. Es en ella en quien reposa toda la credibilidad de la cinta, y aunque cualquiera podría pensar que una historia así está destinada a ser una parodia, y aunque la propia película escoja en todo momento el camino de la comedia, su interpretación se mantiene siempre digna, firme, curiosa, sensual y creíblemente virginal, incluso en los momentos en que tiene que entrar en faena; lo que no es poco mérito precisamente.
Además, como he adelantado antes, el hecho de que estemos ante una cinta pornográfica no significa que debamos abordarla con los prejuicios que hoy en día arrastra este género, que anda cada vez menos preocupado por la realización de una obra coherente y mucho más por el encadenado de la mayor cantidad de situaciones sexuales posibles con los mínimos valores de producción y de interpretación necesarios. Nada que ver con lo que sucede aquí. Aunque se trate de una película de muy bajo presupuesto, hecha probablemente bastante deprisa y con unas caracterizaciones y maquillajes aún más carnavalescos que en la anterior película que analizábamos (el caso del conejo blanco es tremendo), todo está resuelto con mucha más gracia, frescura e ingenio que en aquella, y con generosas dosis de personalidad que hacen a la película destacar desde el primer momento.
Es aquí donde debemos señalar el nombre de su productor Bill Osco, que tan sólo dos años antes nos había regalado la imprescindible, desternillante y psicotrónica Flesh Gordon (1974); probablemente la película X más singular jamás filmada. Si bien esta Alicia no tiene ni la mitad de la osadía y la inspiración que tenía aquella, si que conserva su alegre y desprejuiciada forma de abordar las escenas de sexo, y un extraordinario espíritu de joie de vivre que recorre el film de principio a fin. Su idea de lo pornográfico (incluso en la versión de la cinta que incorpora insertos hardcore) difiere completamente de la frialdad quirúrgica en la que se encuentra enfangado el género actualmente, y sorprende por su inocencia, naturalidad y ciertos dejes hippies que aún conservaba la década (vean sino la música dulce que acompaña a muchas de las secuencias de sexo).
Pero es que además, no hay que olvidar que nuevamente estamos ante… ¡un musical!, y que esta coincidencia con la anterior película comentada en este ciclo, Las aventuras de Alicia, no hace más que destacar las grandes diferencias en la cuenta de resultados entre las dos obras; aún cuando ambas coinciden en muchas cosas (no sólo en lo musical, ya que también comparten el estilo de la década y unas caracterizaciones muy poco creíbles). Aunque esta Alicia fuera filmada con una parte ínfima del presupuesto de la otra, sin su reparto de campanillas y con unas intenciones más claramente explotadoras, deja mucho mejor sabor de boca que aquella e incluso (¡oh, profanación!) funciona mejor en el apartado musical.
Sus canciones y melodías, sin ser extraordinarias, son más agradables y llevaderas, y aunque tanto las caracterizaciones como la ambientación del país de las maravillas son de función de fin de curso, encajan mejor con el tono del conjunto, dándole un entrañable aroma a serie B hecha con ganas, pasión y sentido del humor. Sus chistes no son especialmente graciosos, aunque algunas de sus situaciones e intérpretes sí que lo sean (me gusta especialmente el encuentro de Alicia con el sombrerero loco), y la película pierde un poco de fuelle en el tercer cuarto (el episodio de Alicia con el rey y la reina de corazones y su posterior juicio), pero en líneas generales es una película que se deja ver agradablemente y que nos enseña que otro cine pornográfico es (o al menos fue) posible.
Por si necesitan un ejemplo aún más claro de cómo han cambiado los tiempos y de cómo parece que hay cosas que desgraciadamente ya no volverán, esta pequeña y modesta cinta se estreno en las pantallas de una buena parte de Estados Unidos en sesión doble con, ni más ni menos que, La guerra de las Galaxias (1977). Algo que dice mucho del respeto y la posición que tenía el cine para adultos entonces, y de cómo han cambiado los tiempos (para peor) en cuanto a la influencia de lo políticamente correcto; además de servir de perfecta metáfora del nuevo cine que llegaba y del viejo que daba sus últimos coletazos. No dejen de disfrutarla.
Las Claves del Caso
Pericia Criminal: Kristine DeBell, por encima de todo, que aúna en un mismo cuerpo la inocencia y pureza de una supuesta Alicia virgen, con una naturalidad extraordinaria para los desnudos y escenas sexuales y un fuerte componente sexy, hasta en las situaciones (o con los complementos) más ridículos; la sucesión de cartelitos, montajes entrecortados y efectos fotográficos de flu setenteros, que tan bien sientan a esta cinta; la alegría que desprende el conjunto y que han sabido trasmitir todos los que participaron en su realización; ser un gran reflejo histórico de un tiempo que se fue y que ya no volverá; la extraordinaria portada dibujada por Jack Davis, uno de los habituales de la revista MAD (1952-); que siendo tan poco fiel a la letra de las novelas, se adapte tan bien a su universo; y por encima de todo, su personalidad.
Fidelidad Carolliana: poca y libérrima si nos ponemos puntillosos, pero más que decente y atrevida en su espíritu. Aunque coja más del primero de los libros (Alicia entra al jardín siguiendo al conejo bebiendo un líquido que la hace menguar; el encuentro con el sombrerero loco -sin la aparición de la Liebre de marzo-, con el rey y la reina de corazones, con el que parece ser el gato de Cheshire con comitiva o el juicio de Alicia), también aparecen personajes del segundo, como los inevitables Tweedledee y Tweedledum (transformados, eso sí, en hombre y mujer) o la sorprendente inclusión de Humpty Dumpty, que suele quedar fuera de las versiones más canónicas. Incluso se permite algunas remezclas, como que Alicia entre en el país de las maravillas del primer libro a través del espejo del segundo; la introducción de situaciones y personajes que no consigo encontrar en ninguno de los dos, como la roca que habla; y la unión definitiva que se da en el último plano de la película con el universo de El mago de Oz (1939), al encontrarse Alicia con algunos de los personajes de el país de la maravillas en sus encarnaciones en el mundo real.
Pistas Delatoras: parece que hacia la parte final se agotaran un poco las ideas y que el paso del continuo movimiento que la precede a una larga secuencia en un mismo escenario (el palacio del rey y la reina de corazones) no esté resuelto tan bien como debiera; también, como sucede en casi todas las películas pornográficas (al igual que con muchas musicales, y ésta aúna ambas cosas), la acción se detiene demasiado en muchos casos para incluir las escenas de sexo, lo que aquí resulta más evidente en la versión con insertos hardcore que en la softcore; y no haber incluido más personajes y situaciones de las novelas.
7 Pisos y media escalera
19 de abril de 2009
WE LIVED AMONG THE PEOPLE: Episodio 1 - Pistas sin salida
Dirección: Duwayne Dunham / Guión: Mark Frost y David Lynch
Lady Leño: One day my log will have something to say about this. My log saw something that night.
Dale Cooper: Really. What did it see?
Lady Leño: Ask it.
Pasaron unos cuantos meses entre la filmación del episodio piloto y la de este primer capítulo de la serie regular. Entre medias varias cosas importantes sucedieron. La primera fue que Lynch comenzó a trabajar a pleno rendimiento en su siguiente largometraje, Corazón Salvaje (1990), que filmó mientras paralelamente Duwayne Dunham, su montador en Terciopelo azul (1986), el episodio piloto de Twin Peaks y la propia Corazón Salvaje, rodaba este primer episodio. A pesar de estar dividido entre los dos proyectos, durante los 7 episodios iniciales que la ABC le concedió para esta primera temporada, Lynch (siempre codo a codo con Mark Frost) trabajó en los guiones de la serie, supervisó la postproducción (especialmente el aspecto sonoro), y tanto él como Frost dirigieron episodios.
El otro elemento importante que cambió y que se deja notar por momentos (por más que la producción se esforzara en ocultarlo lo mejor posible), fue que se pasó de filmar el piloto en exteriores reales en el estado de Washington, a hacerlo en un estudio cercano a Los Ángeles para el resto de la serie. Si bien esto no es un problema demasiado grande para los interiores, sí que lo fue para los escasos planos exteriores, que tuvieron que enfrentarse sobre todo a la enorme diferencia meteorológica entre los dos estados: Washington lluvioso, frio y nublado y California caluroso y despejado. En este episodio se puede apreciar el cambio de look con respecto al piloto en los planos de Leo Johnson con Shelly junto al camión y en muchos de los exteriores soleados.
Aunque se perdió uno de los elementos estéticos más característicos y acertados del piloto (la contraposición entre los fríos y amenazantes exteriores y los cálidos y confortables interiores), la perdida se subsanó lo mejor posible, y el hecho de que se mantuviera el característico tono cálido de la fotografía y de la ambientación de interiores (con su ya famosa acentuación de los colores rojos), ayudó a mantener bastante intacta la estética de la serie.
Como el episodio piloto de Lynch poseía una gran singularidad, fue fácil utilizarlo como referente tonal y estético para los diferentes directores de la serie, que, como podemos apreciar aquí con Dunham, continuaron con su ritmo de planos largos y estáticos (varias secuencias, como la discusión de Bobby y Mike o la que ocurre entre Audrey y su padre, están filmadas en un único plano). Si bien Dunham no alcanza nunca la belleza y precisión en la planificación de Lynch, aprueba con nota en este capítulo, y lleva el episodio con gran dignidad y sentido del ritmo (no en vano es sobre todo montador).
También es cierto que este primer capítulo contiene muchas menos sorpresas que el piloto o el episodio que vendrá a continuación (también dirigido, como era fácil adivinar, por el propio Lynch), pero aquí se establece más firmemente el auténtico corazón de la serie: las relaciones entre sus extraños personajes.
A quien este episodio le entusiasme por lo que es, sabrá ya que le encantará esta serie. Porque si bien Twin Peaks está repleta de fenómenos extraños, sorpresas y emociones, las más de las veces es ante todo un retrato de un lugar y de la gente que lo puebla. Por ello, aunque la investigación sobre el asesinato de Laura Palmer siga adelante, es fácil ver aquí que ese no es el interés real de los creadores de la serie, sino sólo el MacGuffin para tirar de la trama. En realidad, Lynch hubiera deseado no haber tenido que solucionar el misterio nunca, ya que su reto era descubrir cuánto se podía mantener una trama colgada del hilo de un misterio, sin llegar nunca a resolverlo y sin perder al mismo tiempo el interés de los espectadores. Desgraciadamente éstos, con el apoyo firme de los directivos de la ABC, le dejaron claro enseguida que iba a tener que solucionarlo mucho más pronto de lo que se pensaba.
Así pues, tras volver a reintroducir a los personajes, continúa la investigación. Se descartan algunos sospechosos como James Hurley, se mantiene la intriga sobre Bobby Brigs y Mike Nelson, se confirman detalles escabrosos del pasado de Laura (como su consumo de cocaína) y se acentúa mucho el papel de malo de Leo Johnson; no sólo con el detalle de la camisa manchada de sangre que encuentra su mujer, sino también con la paliza que le da a ésta (en una escena de una violencia inusitada para la televisión), en la que Shelly se refugia en la esquina de una estancia a medio construir, con las paredes aún cubiertas en plástico…
Pero la trama se desarrolla también por otros lados: el agente Cooper (como siempre en la serie, el personaje que sigue el espectador) conoce a Audrey y comienzan a saltar chispas en la pantalla, Nadine encuentra la solución al ruido de sus cortinas, James estrecha relaciones yendo a cenar a casa de los padres de Donna, conocemos el plan de Catherine Martell y su amante Benjamin Horne para arrebatarle la serrería a Josie y descubrimos que fue el psiquiatra Lawrence Jacoby, que trataba a Laura, quien robo la parte del colgante perdida al final del capítulo piloto (lo cual también le coloca en la lista de los más sospechosos de ser culpables de su asesinato).
También se remarcan algunos iconos obsesivos como la tarta de cerezas o el café (al que se le dedica buena parte del episodio, desde el matutino del agente del FBI, al que sirven en mal estado a éste y al Sheriff porque en la cafetera había ¡un pescado!); el humor extraño sigue ocupando, pues, sus generosos minutos, con algunos gags que se repetirán, como el de los personajes que hablan con la boca llena (de donuts en este caso); y la camaradería entre Cooper y Truman también se asienta, convirtiéndose rápidamente en uno de los pilares de la serie. Esta relación, que el propio Truman compara acertadamente con el modelo de Holmes y Watson, lleva a que Cooper siempre vaya un paso por delante, seguido de un fascinado pero activo Truman, que no deja de sorprenderse por la capacidad receptiva y analítica de éste (no en vano, en este mismo capítulo, Cooper no tarda ni dos segundos en descubrir su relación con Jocelyn Packard).
En definitiva, asistimos a un día cualquiera en la cotidianidad de este encantador pueblo que es Twin Peaks.
Souvenirs de Twin Peaks
Cafeína y tarta de cerezas - algunos momentos para recordar en este magnífico episodio serían ver a Leo Johnson ondeando una pastilla de jabón metida en un calcetín, preparado para apalizar a su mujer; un nuevo detalle fetichista en la fijación por los zapatos de Audrey; el momento en que Cooper y Truman se enteran que en la cafetera en la que acaba de hacerse el café que están tomando había un pescado; Nadine con la bolsa de algodones; la hostia que el mayor Briggs le planta a su hijo Bobby, que acaba con el cigarrillo de éste aterrizando en la carne que su madre estaba comiendo; el Doctor Hayward viniéndose abajo ante el dossier forense de Laura Palmer; las sutiles variaciones sobre los temas musicales centrales de la serie que se introducen en este episodio o los pocos momentos inquietantes que detallo en el siguiente apartado.
La habitación roja - escasas y muy crípticas apariciones de lo sobrenatural. El agente Hawk ve a Mike (el hombre manco) dirigirse al depósito de cadáveres a través de uno de los espejos de la comisaría, lo que despierta sus sospechas; y en una visita de Donna a Sarah Palmer, esta última tiene una nueva visión: primero de la cara de su hija sobre la propia Donna y luego de Killer BOB a los pies de la cama de Laura; aunque éste plano es tan rápido y tan cerrado, que resulta difícil de entender y de ubicar para el espectador. Es ésta además la primera aparición de un plano del llamado final europeo del episodio piloto; final que tendrá mucha más presencia en los dos próximos capítulos.
8 Pisos y media escalera
15 de abril de 2009
ALL THE COLORS OF THE DARK: Mario Bava (1914-1980)
Si existe un gran maestro del cine europeo que aún no haya sido lo suficientemente reconocido (entendiendo por suficiente, ser aceptado entre los grandes directores de la historia del cine, sin añadirle a esto último la coletilla de fantástico), ese es sin duda el imprescindible Mario Bava.
Poco a poco se van dando pasos para su reconocimiento global, y también para darlo a conocer a las nuevas generaciones (y no solamente a las más afines con el género fantástico-terrorífico). Pero en su contra juega su adscripción a los géneros populares considerados históricamente menores (terror, western, ciencia ficción, péplums…), la poca importancia y relevancia que él mismo y sus contemporáneos dieron a sus películas en su época (recordemos que la carrera de Bava se encuadra cronológicamente con la de Fellini, Visconti, etc., dentro de la edad de oro del cine italiano) y especialmente el hecho de que la grandeza de su obra se sitúe lejos de los esquemas narrativos convencionales más aceptados por el espectador e historiador medio, ya que su fuerza como creador radicó siempre más en el lenguaje cinematográfico que en las bases argumentales de sus films (siendo éstas en algunos casos tan pobres como casi inexistentes).
El cine de Bava nació de las trincheras, con bajos presupuestos y en muchos casos difíciles condiciones de rodaje. El mismo veía el cine como un oficio más (aunque se dedicaba a él de manera compulsiva, lo que ha dificultado enormemente el poder trazar una filmografía oficial de su carrera) y hacía sus películas para sí mismo, dando por hecho de antemano que ni a críticos ni espectadores les iban a gustar. Pero su talento ha llevado a que su lugar no corresponda con los silenciosos y modestos márgenes de la Historia, aunque posiblemente fuera ahí donde él se habría encontrado más a gusto.
Bava es el pintor cinematográfico por excelencia. El gran maestro del color que, paradójicamente, tiene como obra más emblemática y popular, su opera prima La máscara del demonio, rodada en blanco y negro. El director que nunca dejó de considerarse ante todo director de fotografía (la profesión que le vio nacer y que nunca abandonaría). Un creador que al no contar con la presión de las grandes gestas sobre sus espaldas, se pudo permitir experimentar y desarrollar el lenguaje cinematográfico dentro de los géneros a priori menos adecuados para ello. Igual que ocurrió no hace tanto tiempo con Sergio Leone (otro director de una fuerza narrativa poco convencional, esencialmente cinematográfica), ha llegado ahora el momento de reivindicar a Bava sin cortapisas.
La escuela que ha creado su particular caligrafía fílmica, visible en muchos cineastas modernos, ha llevado a que hayan sido los propios directores (a la manera de lo ocurrido en los primeros años de la fundacional Cahiers du Cinéma), más que los críticos e historiadores, quienes hayan levantado la voz reclamando un lugar entre los grandes para este técnico. Tarantino no necesita proclamar su entusiasmo por el maestro, pues su magnífico gusto como espectador y los préstamos que se pueden encontrar en su obra lo hacen evidente, al igual que ocurre con otros admiradores confesos como Tim Burton, David Lynch o John Carpenter; todos con un uso de la luz, el color y los movimientos de cámara con claras influencias suyas. En cambio, que un gran pedagogo de la historia del cine (y al mismo tiempo fundamental director) como es Scorsese, escriba la introducción de Mario Bava - All the Colors of the Dark (2007), el que sin duda es el libro definitivo sobre su obra y su persona, es un paso mucho más importante para su reconocimiento oficial, a la vez que claramente coherente con quién lo realiza.
Pero es en realidad el aficionado más exigente, el connoisseur internauta del siglo XXI, el que más está haciendo por dejar el nombre de Bava en el sitio que se merece. Es por esto, que no es de extrañar, que haya sido Tim Lucas, un fan y pequeño editor totalmente profesionalizado, como mandan los tiempos, el encargado de llevar a cabo la publicación del gran libro sobre el maestro, en lo que probablemente haya sido (por tiempo dedicado, por intensidad y por el tamaño del resultado) el trabajo de su vida. Tim, en su empeño por recuperar la figura de Bava para un público contemporáneo (que incluye también comentarios de audio y supervisiones de calidad en las ediciones videográficas y en DVD de la filmografía del maestro en los USA), está más cerca de la labor que Forrest J. Ackerman hizo para devolver a la actualidad al cine de terror clásico de la Universal desde su tribuna de Famous Monsters of Filmland durante los años 60, que del pequeño granito de arena que pueda aportar un servidor con este ciclo.
Su libro es un lujo, un tesoro literario en forma y fondo; enorme, visualmente apabullante (no se merecía otra cosa el biografiado), ganador de múltiples premios literarios, e imprescindible en cualquier biblioteca cinematográfica ecléctica y rigurosa. Su precio puede echar para atrás (y más ahora, que cada vez quedan menos ejemplares), pero lo vale, y solo hace falta tener entre las manos una vez el volumen para darse cuenta. Se pueden observar algunas páginas del libro aquí y se puede encargar (mientras queden ejemplares) en la web de su autor.
Scorsese dice en el prólogo del libro que si le preguntaran a él sobre el argumento de alguna película de Bava no sabría que responder, y que eso se debe a que sus películas son demasiado hipnóticas, como si fueran sueños. Dice que coloca a sus espectadores y a sus personajes en un estado inquietante y extraño, en el cual se ven forzados a seguir avanzando, incluso aunque no sepan muy bien por qué o hacia dónde se dirigen. La atmósfera por sí misma se convierte en el personaje principal, un organismo vivo con pensamientos y voluntad que le son propios. Bava era un perfecto artesano y sabía cómo crear una tesitura, donde cada sonido, cada movimiento de cámara y cada objeto estuvieran cargados de misterio y desazón.
Just my cup of tea.





































.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)













